El kit de hamburguesa de Mercadona: 17 €/kg para montarla tú
Un envase con carne picada, una loncha de panceta y un sobre de salsa. Eso es, en esencia, el llamado kit de hamburguesa que Mercadona ha puesto a la venta y que ha desatado una discusión sobre qué se está pagando realmente: el producto o la pereza. El precio, según los datos que manejan quienes lo han visto en tienda, ronda los
17 euros el kilo. El conjunto pesa
235 gramos. Falta el pan, el tomate, la cebolla y el pepinillo. Y, por supuesto, cocinarlo.
La comparación que circula es demoledora: un pollo entero sale a unos
3 euros el kilo. La carne picada al corte en carnicería, sin conservantes ni aromas añadidos, sigue existiendo. El problema es que cada vez hay menos carnicerías de las de antes. En muchos barrios, las que quedan funcionan casi como un supermercado: producto ya envasado, listo para llevar, pensado para despachar al máximo número de clientes.
Qué lleva realmente el kit y qué no
El envase incluye la carne, la panceta y la salsa. No incluye el pan, que hay que comprar aparte en la sección de panadería, donde la elección suele ser entre el que sabe a plástico y el que sabe aún más a plástico. Tampoco incluye la rodaja de tomate, la cebolla ni el pepinillo. Todo eso lo pone el cliente. La hamburguesa, al final, la monta uno mismo.
La discusión sobre el envoltorio tiene su miga. Todo viene envuelto en plástico, y hay quien recuerda que comprar comida al corte envuelta en papel pasó a la historia. La respuesta más repetida es que el plástico es lo de menos:
lo que importa es la mierda que lleva la propia comida. Los ingredientes de la salsa del kit, mejor no mirarlos.
El carnicero, la máquina de hacer hamburguesas y lo que se ha perdido
Antiguamente, el carnicero tenía una máquina metálica con manivela que moldeaba las hamburguesas. Se picaba la carne delante del cliente y se le daba forma. Eso ya casi no existe. La carne picada envasada lleva conservantes, aromas y especias que la recién picada no necesita. No sabe igual. Lo dice cualquiera que haya cocinado un poco.
La defensa del kit es la comodidad. No hay que esperar en la carnicería. No hay que pedir nada. Se coge del lineal y se pasa por caja. El precio de esa comodidad es el sobrecoste y la pérdida de control sobre lo que se come. Hay quien sostiene que en cualquier supermercado venden hamburguesas ya montadas en su cajita, y que esto es solo un paso más en la misma dirección.
El formato T9 y la desaparición de las secciones atendidas
El kit no es un producto aislado. Responde a un modelo de supermercado gestionado por procesos, donde las secciones atendidas por personal desaparecen. En el llamado formato T9, la pescadería, la charcutería y la zona de jamón al corte pasan a autoservicio. Menos personal, más margen, más producto envasado. La hamburguesa de plástico es la punta del iceberg.
Las hamburguesas que se expanden al meterlas en el microondas son otro ejemplo del mismo fenómeno. En frío parecen liofilizadas. En caliente siguen siendo una mierda, pero al menos tienen pinta de hamburguesa. El avance, según algunos, es indiscutible.
El precio real y la comparación internacional
En un supermercado alemán, el par de hamburguesas Angus irlandesas sale por 4,99 euros o menos en oferta. La comparación con los 17 euros el kilo del kit español no necesita comentario. El precio está en la etiqueta, no hace falta interpretarlo.
La discusión derivó hacia otros asuntos. Que si el envase de cartón de las pizzas lleva una capa de perfluorados para que no se pegue. Que si eso es peor que el plástico porque una vez entra en el cuerpo ya no sale. Que si la comida rápida y las palomitas de microondas van por el mismo camino. Datos que se lanzan sin fuente, pero que apuntan a una preocupación real.
Al final, la pregunta que queda sin respuesta es sencilla: si el kit cuesta 17 euros el kilo, no incluye el pan y hay que cocinarlo todo, ¿qué se está pagando exactamente? La comodidad de no hablar con el carnicero, quizá. O la de no pensar. El pollo entero a 3 euros el kilo sigue ahí, en la misma tienda, esperando a que alguien se digne a mirarlo.