Los 2.000 euros que compraban pareja importada y divorcio seguro
Dos mil euros en el bolsillo y un billete de avión barato bastaban, en la década de 2000, para que un asalariado español se trajera una pareja de Cuba, Brasil o Venezuela. La operación, pronto bautizada como turismo afectivo, se vendía como un triunfo personal. Casi nunca lo era. La paradoja es incómoda: cuanto más se abarató el viaje, más corta fue la relación.
El coste real de la operación
El cálculo se repetía hasta el infinito: 2.000 euros de presupuesto total y un vuelo que, en pleno auge, rondaba los 500 euros. Antes, el billete más barato no bajaba de 200.000 pesetas, una barrera que mantenía el fenómeno contenido. La caída del precio del transporte aéreo democratizó algo que hasta entonces solo se permitía una élite. Y de ahí al efecto llamada, un paso: lo que hoy se describiría como migración por matrimonio dejó de ser excepción.
El billete de salida como estrategia económica
Para la parte más pobre de la ecuación, la relación no era romántica. Era un billete de salida. La asimetría resultaba brutal: al otro lado del mostrador, un paquete de medias de lycra o un paquete de compresas equivalían a lo que aquí costaba una cena. Muyer a las que el argot local llamaba jineteras jugaban con dos mundos, dos precios y dos expectativas. El castillo de naipes se segarro en cuanto la recién llegada pisaba España y descubría que su supuesto magnate era un mileurista de barrio.
Lo que se paga después
Hubo de todo. Diferencias de edad de 35 años, matrimonios que se rompían en meses, alguno que acabó en procedimientos por violencia de género. Y, de fondo, el argumento que siempre resurge: una supuesta factura pública difusa —cónyuges que acceden a la residencia y a la nacionalidad, familiares que se reagrupan, prestaciones que se activan— que nadie ha llegado a cuantificar del todo. En el plano más frío, los vientres de alquiler y la preservación del ius sanguinis aparecen como la versión sin sentimentalismo del mismo impulso.
¿Cuántas de aquellas historias siguen abiertas en un juzgado, en una nómina de dependencia o en la memoria de alguien que prefirió no contarlas?