El blues inventó el idioma; Inglaterra puso el acento
El rock, el pop y casi todo lo que suena en la radio desde hace un siglo no nació en Londres ni en Liverpool. Nació en Nueva Orleans, el delta del Misisipi y Nueva York. El lenguaje musical que usan todas las bandas que se te ocurran —compases de cuatro pulsos, ritmo sincopado, frases de ocho compases, estructura AABA o los doce compases del blues— se codificó en Estados Unidos en los años veinte. Esa es la tesis que sostiene el análisis más incómodo de la discusión: la
música popular moderna es una simplificación de estructuras creadas para caber en un fonógrafo.
Y sin embargo, la conclusión mayoritaria del intercambio va por otro lado.
Reino Unido se lleva la medalla por volumen, por calidad media y por estética. La lista que se maneja es difícil de discutir: Beatles, Rolling Stones, Led Zeppelin, Black Sabbath, Queen, Pink Floyd, The Who, Dire Straits, King Crimson. Casi nada.
El argumento del idioma: el blues como matriz
La aportación afroamericana es la piedra angular. El blues y el son cubano, con toda su rama caribeña, construyen el sustrato sobre el que se levanta el rock and roll. Sin esa base no hay Elvis, no hay Beatles y no hay nada. Hay quien va más lejos y sostiene que la música estadounidense y británica es, en el fondo, una transformación de la música negra, y que su éxito global se explica tanto por el talento como por una promoción industrial sin precedentes.
El matiz importante: los experimentos de los últimos cincuenta años, según esta lectura, adornan un idioma que ya estaba inventado. Los creadores del idioma son otros. No es un detalle menor, porque desplaza el eje del mérito desde el escaparate hacia los cimientos.
Por qué los grupos ingleses sonaron distintos
Aquí entra la hipótesis más jugosa del intercambio. La rigidez moral estadounidense de los años cincuenta y sesenta —censura, presión policial, intervenciones en directo por escándalo público— habría limitado la capacidad de experimentar de las bandas locales. En Europa el margen era mayor y eso se tradujo en más creatividad. La estética inglesa, además, se percibe como más cuidada frente a un estilo americano que una parte del público califica directamente de
hortera.
La contraofensiva es sólida: los Beach Boys publicaron
Today,
Pet Sounds y lo que se filtró de
Smile, y sin eso los Beatles no habrían sido lo que fueron. Brian Wilson como condición previa de la revolución británica. Ahí queda eso.
El sur de Estados Unidos y el rock sureño
No todo el bando americano se defiende con el blues histórico. Hay una corriente que reivindica el toque sureño como lo mejor de la producción estadounidense: Allman Brothers Band, Creedence, Eagles, Lynyrd Skynyrd, The Black Crowes. Y en la órbita psicodélica, The Doors y Grateful Dead. The Doors genera división: para unos es el grupo de cabecera, para otros resulta cansino y da sueño.
El caso de Elvis merece párrafo aparte. Si es el mejor, lo es como cristalización de una música que hasta entonces circulaba en circuitos reducidos, dirigida a un público concreto o ya de vuelta de su momento de gloria. Las versiones que grabó de esas canciones son la prueba: el material original ya existía y era descomunal.
El elefante en la sala: Bach nació en Alemania
La discusión se rompe cuando alguien recuerda que el marco temporal es demasiado estrecho. Si se habla de música sin apellidos, Inglaterra lleva siglos desarrollándola:
Scarborough Fair, canción tradicional inglesa de la Edad Media, sigue sonando hoy. Y si el criterio es la aportación histórica, Bach nació en Alemania y Wagner sigue siendo contemporáneo de cualquiera que ponga un disco esta tarde.
La respuesta es previsible: el planteamiento inicial hablaba de música moderna, de grupos y cantantes a partir de los sesenta. Acotado así, la balanza se inclina hacia Reino Unido. Sin acotar, la conversación se disuelve en musicología comparada.
El dato que nadie discute
El jazz y sus derivados —swing, blues, rock— son la mayor aportación estadounidense, y la música electrónica y el pop también beben de ahí. La pregunta que queda en el aire no tiene respuesta cerrada: si el idioma lo inventó América y el acento lo puso Inglaterra, ¿a quién le colgamos la medalla?