Agua con sal: la moda que divide entre salud y riesgo renal
Un vídeo del mexicano David Duarte ha reabierto el debate sobre beber agua con sal. Duarte propone empezar con 5 gramos de sal por litro de agua, una concentración casi la mitad de la del suero salino hospitalario (9 gramos por litro). Según él, esto equilibra el sodio y permite reducir drásticamente la ingesta de alimentos —incluso a una sola comida semanal— al hacer el cuerpo más eficiente. La propuesta, que se enmarca en la medicina unani (de origen greco-árabe), ha generado una tormenta de opiniones encontradas.
La ciencia detrás de la sal en el agua
El argumento principal de los defensores es que el agua potable actual carece de electrolitos y que añadir sal (preferiblemente marina sin refinar) restituye un equilibrio perdido. Señalan que las bebidas isotónicas deportivas, como Aquarius, contienen concentraciones similares. "Lo de tomar agua con limón y sal se lleva haciendo sin problema", sostienen algunos. Incluso mencionan a pioneros como el científico francés René Quinton, quien a principios del siglo XX demostró que el agua de mar diluida podía usarse como suero fisiológico, aunque en 1986 se prohibió su uso en la sanidad francesa.
Pero los números cantan. El suero salino intravenoso tiene una concentración exacta del 0,9% (9 gramos por litro) para mantener la isotonicidad con el plasma sanguíneo. Superar esa concentración —y el agua de mar tiene unos 40 gramos por litro— produce deshidratación celular por ósmosis. "El que lo sabía, preferiría morir de sed", advierte un técnico sanitario con experiencia. "Beber agua marina es una locura si no estás deshidratado; el riñón tiene que gastar más agua de la que ingieres para eliminar el exceso de sodio, y a largo plazo se lesiona".
Testimonios reales: de la euforia a la diarrea
Varios usuarios que han probado el método reportan mejorías notables. Algunos lo combinan con dieta cetogénica o ayuno intermitente y describen “más energía, control del apetito, digestiones perfectas”. Un deportista afirma que aumentar su consumo de sal marina escamada "me ha puesto como un toro" en el gimnasio. Otro, con bajos niveles de sodio en sangre, asegura que beber agua de mar diluida (un cuarto de vaso) le ha devuelto la claridad mental.
Sin embargo, la otra cara la protagonizan las molestias digestivas. Un experimentado en el tema relata que, tras años de pausa, al retomar el agua de mar sufrió "brutales diarreas" y tuvo que dejarlo; ahora solo usa sal en escamas. Otro confiesa que las primeras semanas notó flojera, dolor de cabeza y estreñimiento. La reacción adversa más común es precisamente la diarrea osmótica: el exceso de sodio arrastra agua al intestino.
Las dos corrientes: ¿milagro o peligro?
Por un lado están los que defienden la sal integral frente a la refinada. Argumentan que la sal de supermercado es cloruro sódico puro, a menudo con aditivos, mientras que la sal marina sin refinar o la del Himalaya contienen oligoelementos biodisponibles. “La sal refinada es veneno que sube la tensión; la entera es buena”, resumen. Citan al médico español Ángel Gracia y al divulgador Josep Pamies como referentes.
En el otro extremo, quienes alertan del riesgo de hipertensión y daño renal a largo plazo. La fisiología de la presión arterial es compleja: el riñón regula el sodio finamente, y forzarlo con aportes extra puede precipitar cálculos o sobrecargar el sistema. Un participante con conocimientos técnicos explica que, si la concentración de sal en sangre sube, el cuerpo retiene líquido para diluirla, aumentando la presión. "El problema no es la sal en sí, sino el exceso en un contexto de dieta procesada", matizan.
¿Qué dice la evidencia?
No hay ensayos clínicos de gran escala que respalden la ingesta habitual de agua salada en personas sanas. La Organización Mundial de la Salud recomienda limitar el sodio a menos de 5 gramos diarios (equivalentes a 2 gramos de sodio). Beber un litro de agua con 5 gramos de sal supone ya la dosis diaria completa, sin contar la comida. Para quienes siguen dietas cetogénicas o muy bajas en carbohidratos, la pérdida de electrolitos por la orina puede justificar un suplemento moderado, pero no hay protocolos estandarizados.
Un caso llamativo: un seguidor de la dieta cetogénica que toma 7 gramos de sal por litro de agua desde hace casi un año se hizo una analítica y todos sus parámetros lipídicos salieron perfectos. Pero es una anécdota, no un estudio. La prudencia aconseja no imitar recetas sin supervisión médica, especialmente si hay antecedentes de hipertensión, insuficiencia renal o cardiaca.
El dato que descoloca
Quienes defienden el agua de mar diluida señalan que René Quinton logró curar a miles de niños desnutridos con su plasma marino a principios del siglo XX. Pero omiten que la técnica fue abandonada por la medicina convencional al demostrarse que, mal dosificada, podía ser letal. La prohibición francesa de 1986 no fue un capricho: la variabilidad en la composición del agua de mar (según la zona y la temporada) hacía imposible garantizar la esterilidad y la concentración exacta.
Hoy, el debate sigue abierto. Mientras unos recogen sal de salinas antiguas y se la beben con limón, otros recetan el clásico consejo de "echa un poco más de sal a la comida y come un plátano". La tensión entre el saber popular y la ciencia establecida no se resuelve con un vaso de agua salada, por muy milenario que sea el remedio.