Si los adultos hicieran PISA: suspenso en autocrítica
¿Sabrías distinguir una circunferencia de un círculo? ¿Explicar el teorema fundamental del cálculo integral? ¿Hacer un análisis semántico, sintáctico o retórico de un poema de Kavafis? Los resultados de PISA son una mala noticia difícil de defender en lo social. La pregunta que casi nadie se hace es si el corrector no debería pasar también por casa.
El diagnóstico es unánime: la educación empeora, el nivel baja, la juventud se hunde. Y sin embargo, apenas nadie ha hecho el ejercicio inverso: qué nota sacaría la población adulta sentada ante la misma prueba. Ahí empieza a temblar el relato.
Qué evalúa realmente PISA y qué mide mal
La prueba se limita a comprensión lectora, matemática y científica. Poco más. Quien sostiene que con saber leer ya se aprueba con holgura tiene parte de razón: el examen no pregunta por la lista de los reyes godos. El problema aparece cuando se comprueba que buena parte de los adultos no ha terminado en veinte años un libro de la densidad de un Proust, un Joyce o un Dostoievski. Ese detalle debería rebajar bastante el tono de los diagnósticos apocalípticos sobre los adolescentes.
El adulto trabaja, no estudia cinco días a la semana
El argumento más sólido que se esgrime es también el más obvio: los adultos no van a clase. Trabajan, cuidan de hijos o de padres —a menudo de ambos— y llevan la cabeza ocupada por trámites y papeleos. Sería raro que la media adulta superara a la de los estudiantes. Que se le acercara, todavía más. No es una excusa: es contexto.
El punto de mira sobre los docentes
Flota la idea de someter al profesorado al mismo examen, con separación entre funcionarios y no funcionarios, y se lanza incluso la cifra de que un 90% suspendería un control de la materia que imparte. No hay dato que lo respalde, solo sospecha. Aun así, la pregunta tiene mérito: por qué la evaluación se aplica siempre al alumno y nunca a la cadena completa.
De fondo, una generación entera —la nacida entre 1970 y 1990— convertida a la vez en chivo expiatorio y en sospechosa. Y la anécdota de manual: la hija que no ha leído la Odisea ni la Ilíada porque en su centro no se leen libros. Puede que sea cierto. También puede que el padre tampoco los haya abierto.
Al final, la conclusión es la de siempre: los que suspenden son otros. Qué casualidad que el examen nunca lo hayamos hecho nosotros.