Qué les pasa a los chicos jóvenes: ni vivienda, ni pareja, ni futuro
Un experimento con ratones vio ralentizarse su crecimiento sin que faltara comida ni espacio. Hacia el día 315 la colonia superaba los 600 individuos y crecía sin freno; a partir de ahí, en ausencia de escasez, el ritmo se ralentizó. Ese es el punto de partida que plantea un participante al analizar por qué una parte de los chicos jóvenes se descuelga del empleo, de la pareja y de cualquier proyecto a medio plazo. La conversación arranca con una tesis incómoda —la supuesta pérdida de «masculinidad»— y acaba, casi sin querer, en un terreno mucho más terrenal: la nómina, el alquiler y la ausencia de expectativas. Dos diagnósticos que apenas se tocan: uno biológico, otro contable.
¿Qué es el experimento Universo 25 y por qué se cita?
Se trata de un estudio de comportamiento con roedores en un hábitat cerrado y con recursos ilimitados en el que el crecimiento acabó ralentizándose. Un forero traslada la analogía a la sociedad actual: el factor determinante no sería la escasez de territorio, sino la falta de oportunidades para el desarrollo personal —acceso al mercado laboral, vivienda y la imposibilidad de formar una familia—. Hay quien va más lejos y recuerda que en fases de crecimiento desmesurado y competencia extrema aparecieron conductas de canibalismo que ya no cesaron cuando llegó el equilibrio.
Conviene poner un límite a la analogía: una colonia de roedores no es una sociedad. El paralelismo funciona como metáfora, no como prueba de nada. Quien lo usa da por sentado que el entorno material condiciona la conducta reproductiva; quien lo rechaza responde que la vida nunca fue fácil y que el Imperio Romano no era precisamente un paraíso de ocio para la mayoría.
¿Por qué los chicos jóvenes no forman pareja ni compran casa?
El foco se mueve rápido de la biología a la contabilidad. Un joven tipo entra en el mercado laboral, encadena contratos y comprueba que su sueldo no le da para un piso ni para plantear una familia estable. El resultado, sostienen algunos, es la desmotivación pura:
para qué esforzarse si el esfuerzo no se traduce en nada. Un joven de 25 años lo cuenta sin adornos: sin trabajo, sin pareja y acumulando títulos que no le sirven, con el gimnasio y el judo como única distracción. Otro añade la jornada de diez horas y el regreso a un piso vacío como horizonte completo de la semana.
Ahí aparece la parte menos confesable: la idea de que el esfuerzo no sirve de nada y de que quien cumple las reglas tampoco llega. Empleo, vivienda y formación vuelven a aparecer como los tres muros del mismo callejón sin salida.
La tesis de la «castración» y las hipótesis sin respaldo
El planteamiento inicial atribuye el fenómeno a una supuesta ingeniería social destinada a «castrar» a los varones, con las élites como responsable último. A partir de ahí se despliegan hipótesis variadas: fármacos y antibióticos que alterarían el equilibrio hormonal, la soja como fuente de estrógenos o las vacunas como causa de un supuesto afeminamiento. Nada de eso tiene respaldo y conviene decirlo sin rodeos: no hay evidencia de que las vacunas o los tratamientos habituales feminicen a la población.
Un participante recuerda un dato fisiológico: con la edad baja la producción de testosterona en los hombres y sube en las mujeres. Sobre esa base se ha construido más literatura que ciencia, con conclusiones que van del gimnasio al transhumanismo sin pasar por ningún estudio serio.
Coches, gimnasio y mili: los remedios de la vieja escuela
Contra todo lo anterior, una parte de la conversación reivindica el manual clásico: levantar hierro, escuchar música épica a todo volumen y rugir en las incorporaciones con una buena berlina alemana. Otro mensaje detecta el problema en la pérdida de cultura automovilística: los chavales ya no distinguirían un Dacia Duster de un BMW M3 E46, porque para ellos un coche es un simple utensilio que va de A a B. La conclusión que se extrae es que se han vuelto utilitaristas, igual que —dicen— las mujeres.
Y luego está el remedio recurrente: recuperar el servicio militar obligatorio. La nostalgia funciona como argumento, aunque no explica por qué el mismo joven al que se le pide disciplina no encuentra con qué pagar el alquiler.
El reproche generacional: baby boomers, deuda y vivienda
Buena parte del malestar apunta hacia arriba y no hacia los iguales. Se sostiene que los nacidos en los años cuarenta y cincuenta han endeudado a los siguientes, han acaparado la vivienda para especular y ahora reclaman que se les pague el ocio.
Peor generación que esa no hay, resume un análisis que no se anda con matices. Frente a eso, el reparto de culpas se plantea casi al
50%: quienes gobiernan y convierten la sociedad en un problema, y quienes los eligen con su voto.
A la acusación de blandura se responde con otra: la de haber criado a una generación en la burbuja, sometida a propaganda desde la infancia y luego señalada por no tener iniciativa. El círculo, dicen, lo cierran los propios padres. También hay quien niega el marco entero: los tiempos de bonanza, se argumenta, fueron los sesenta y setenta, no estos.
Si el problema fuera solo hormonal, bastaría un análisis de sangre. Si fuera solo económico, bastaría una nómina y un alquiler asumible. Nadie ha puesto sobre la mesa una cifra que explique por qué una parte de esa generación ha dejado de creer que esfuerzo y recompensa vayan de la mano.