Qué habría sido de Sudamérica bajo bandera británica
Hay una pregunta que reaparece cada cierto tiempo en los mentideros de historia: ¿qué habría pasado si el imperio británico hubiera colonizado también Sudamérica? La respuesta corta, según varios participantes, es que no pudo. La larga es más interesante, porque obliga a comparar dos modelos coloniales que produjeron resultados radicalmente distintos. Y no, no es una cuestión de bondad: es de estructura, de demografía y de quién llegó antes.
El modelo inglés no era el español
Según se sostiene en el debate, los ingleses no conquistaron Méjico ni el Perú porque no tenían con qué. Sus primeros asentamientos en Norteamérica, Roanoke y Jamestown, fueron desastres logísticos: colonos que morían de inanición en la zona más rica del planeta, incapaces de encontrar comida sin ayuda indígena. Un puñado de tribus dispersas les puso en serios apuros. Si eso ocurría en la bahía de Chesapeake, se argumenta, imaginen enfrentarse a los imperios azteca e inca, densamente poblados y militarmente organizados.
La diferencia clave, según esta versión, está en el método. España articuló alianzas con los pueblos sometidos por aztecas e incas, integró a los indígenas en un mismo sistema jurídico y eclesiástico, y produjo un mestizaje masivo. El inglés, en cambio, aplicó un modelo de sustitución: donde podía, ocupaba y desplazaba. En Norteamérica funcionó porque la densidad de población nativa era baja. En la India funcionó a medias porque había una estructura administrativa preexistente que podían parasitizar. En Sudamérica, con millones de indígenas organizados, el resultado habría sido otro cantar.
El contraejemplo que se señala: Guyana
Existe un caso real de colonización británica en Sudamérica: Guyana. Y su historial no respalda la fantasía del paraíso anglosajón, según los críticos. Durante décadas fue un territorio paupérrimo, sin desarrollo industrial relevante. Solo cuando empezó a extraer petróleo a gran escala —con una relación de un barril por habitante y día, la más alta del mundo— su renta per cápita se disparó. No fue la labor colonizadora: fue el crudo.
El dato que se cita es contundente: de los diez países iberoamericanos de Sudamérica, siete tienen hoy un índice de desarrollo humano superior al de Guyana. Y eso con el petróleo fluyendo. Si el modelo británico hubiera sido tan superior, se concluye, el resultado se vería en el único territorio donde se aplicó en el continente. No se ve.
La correlación incómoda: colonos blancos sí, nativos no
Hay una regularidad que algunos participantes repiten: Canadá, Australia y Nueva Zelanda son primer mundo; India, Nigeria y Malasia, no. La diferencia, argumentan, es que en los primeros los colonos europeos se convirtieron en mayoría y en los segundos no. La conclusión implícita es que el desarrollo viene de la composición étnica, no del sistema.
El argumento tiene un problema, según otros: ignora que Canadá y Australia no despegaron hasta después de independizarse del Reino Unido. Bajo dominio británico eran economías extractivas, ganaderas y agrícolas, sin industria relevante. El desarrollo llegó con la autonomía. Y en el caso sudamericano, la comparación se complica: Argentina y Chile, con mayoría de ascendencia europea, no son Suiza precisamente. El factor determinante no es el color de piel del colono, sino las instituciones que se construyen después.
El experimento mental que no se puede hacer
La pregunta original —qué habría pasado si los británicos hubieran colonizado Sudamérica— tiene trampa, según varios usuarios. No es contrafactual histórico: es una fantasía sin base material. Los británicos no tenían la capacidad demográfica, militar ni logística para someter los imperios precolombinos en el siglo XVI. Cuando llegaron a Norteamérica, España ya llevaba un siglo extrayendo plata de Potosí y administrando virreinatos.
Lo que sí se puede hacer es mirar los resultados reales del colonialismo británico donde se aplicó: Guyana, Belice, Jamaica. Ninguno es un ejemplo de prosperidad sostenida, se afirma. El desarrollo vino, cuando vino, del petróleo o del turismo, no del legado institucional. La pregunta interesante no es qué habría pasado, sino por qué seguimos buscando en el pasado colonial una explicación a problemas que son contemporáneos.