Delirio cartográfico: así es la “Europa de las etnias” que se vende en Bilbao
El mapa se vende en una tienda de recuerdos de Bilbao, junto al txapela y el llavero del Athletic. No es una postal al uso: rediseña Europa al gusto de una fantasía nacionalista y convierte España en un puzzle de autonomías con banderas inventadas. Hay topónimos que parecen sacados de un mal corrector del euskera (“EHTREMAÚRA”, “AL ANDALUH”), una Anatolia reducida a un tercio, un Bashkiria pegado a Moscú y, de regalo, Portugal eliminado del mapa.
El mapa que juega a ser Constitución
La pieza no sería más que un souvenir original si no fuera porque repite una lógica identitaria llevada al absurdo. Sobre el papel de la península Ibérica aparecen las comunidades autónomas actuales con banderas alteradas, mientras que en el resto de Europa se impone una división étnica desigual: Ucrania conserva una autonomía, los tártaros logran país propio, Macedonia del Norte triplica su tamaño y Suecia se parte en dos. Lo mismo ocurre con Oriente Próximo: el área levantina brilla por su ausencia, una omisión que difícilmente puede ser casual. La geografía no es una ciencia exacta, pero cuando se convierte en propaganda, las ausencias pesan tanto como los trazos.
La herencia de la “Europa de las etnias”
El parecido con la cartografía fascista no pasó desapercibido. El escritor francés Marc Augier, alias Saint-Loup (1908-1990), militante primero anticapitalista y luego de las Waffen-SS, ya pergeñó un mapa similar que después apareció recogido en “La esencia del fascismo”, del italiano Giorgio Locchi. Según las informaciones manejadas, el autor del mapa difundido sería Denís Carvallo, secretario general de Nova Ultreia, una formación gallega de corte nacionalista. No es un detalle menor: convierte la boutade en un eslabón de una cadena intelectual que conecta el nacionalismo radical con la tradición fascista europea, aunque algunos prefieran verlo como un simple refrito de ideas ajenas.
España, espejo de un separatismo que se muerde la cola
Lo más llamativo para el observador español es que el mapa apenas modifica las fronteras internas del país: Extremadura, Murcia, Madrid o La Rioja siguen ahí, solo que con enseñas cambiadas. Una lectura habitual es que los nacionalismos periféricos, cuando dibujan, no renuncian a las estructuras que les convienen. “El derecho de autodeterminación de los pueblos no incluye a los suyos”, resume una de las ironías que más circula. La crítica se extiende en dos direcciones: para unos, el mapa demuestra que el separatismo es cómplice del actual estado autonómico; para otros, revela que el nacionalismo vasco no es de izquierdas ni de derechas, sino una ideología diseñada a la medida de su propia ficción.
¿Delirio, provocación o manual de instrucciones?
Naturalmente, la imaginación tampoco se queda corta. Hay quien ve la mano de Moscú en un mapa diseñado para “invadir cómodamente”, quien se remonta a los orígenes masónicos de los nacionalismos y quien, simplemente, lo despacha como una excentricidad más de la boina. Todos coinciden en que el mapa existe, se vende y, a precio de souvenir, es probablemente la forma más barata de reescribir mil años de historia. O eso, o una buena señal de que el nacionalismo, como ciertos recuerdos, funciona mejor en el escaparate que en la realidad.
La pregunta queda en el aire: ¿quién necesita ejércitos cuando puede comprar un mapa en una tienda de recuerdos y borrar a Portugal de un plumazo? La historia, por ahora, sigue en su sitio.