El conformismo económico español: el despertar que no llega
España no va a despertar. Al menos no mientras la degradación económica siga siendo gradual. La tesis que domina el análisis de la coyuntura es que el deterioro es tan lento que apenas se percibe. Los salarios llevan casi dos décadas congelados, los impuestos suben sin parar y los precios no dejan de escalar, pero la protesta social brilla por su ausencia. Las explicaciones van desde la distracción colectiva (fútbol, verbenas) hasta un diseño sistémico que atomiza el malestar. Sin embargo, en el horizonte se dibujan dos posibles detonantes: el hambre real o un shock externo.
La anestesia gradual: por qué no hay reacción
El argumento central para entender la pasividad es la teoría de la rana hervida. El empobrecimiento es paulatino: cada día se es un poco más pobre que el anterior, pero la diferencia es inapreciable. Acumulado, el efecto es brutal: salarios estancados mientras la inflación y los impuestos erosionan el poder adquisitivo. A esto se suma que la mayoría de la población aún confía en que los políticos resolverán la situación si se vota al partido correcto, una ilusión que los datos desmienten sistemáticamente. El 15M fue un intento de ruptura, pero sus impulsores fueron capturados por la política institucional, según se argumenta.
Los detonantes posibles: hambre, guerra o intervención exterior
Hay consenso en que la gota que colmará el vaso será la escasez material. Cuando falte la comida en los supermercados, o cuando tres días sin suministro eléctrico rompan la rutina, la gente podría salir a la calle. Otros señalan que una guerra de proporciones bíblicas o un apagón televisivo de dos semanas podrían actuar como catalizador. Una corriente más geopolítica apunta a que el despertar vendrá desde fuera: cuando a Estados Unidos o a la UE les interese forzar un cambio en España. La historia reciente, con el caso de Miguel Ángel Blanco, muestra que un solo hecho traumático puede movilizar a un país adormecido.
El escepticismo como posición mayoritaria
La postura dominante es que no pasará nada. Algunos incluso sostienen que la sociedad española está muerta, no dormida. La preferencia por el corto plazo —la cerveza barata, las fiestas de pueblo, el fútbol— anula cualquier posibilidad de acción colectiva. Los que tienen recursos emigran; los que se quedan, se resignan. La tarjeta revolving y el crédito fácil posponen la quiebra personal, pero cuando se agoten, la culpa recaerá sobre el vecino, no sobre el sistema. En este escenario, el cambio solo podría llegar por un efecto dominó desde Europa, pero la paciencia del ciudadano medio parece infinita.
La conclusión, a la espera de un shock que nadie desea, es que el conformismo económico español no tiene fecha de caducidad a la vista. Quizás el despertador no suene nunca, o quizás suene demasiado tarde. Entre tanto, el país sigue en modo siesta, con la alarma puesta pero sin batería.