La lista de Schindler: ¿película necesaria o manipulación emocional?
En los últimos 69 días, un intenso debate ha puesto en entredicho el relato establecido sobre
La lista de Schindler. No es una discusión académica, sino un desahogo visceral contra lo que muchos consideran una pieza de propaganda emocional. La película de Spielberg, aclamada por crítica y público, genera un rechazo casi nauseabundo entre quienes ven en ella un ejercicio de manipulación barata.
El héroe cuestionado
Oskar Schindler no era un santo, sino un oportunista que se afilió al partido nazi por conveniencia. Durante la guerra explotó mano de obra esclava en su fábrica. Que luego salvara a más de mil judíos no lo convierte automáticamente en héroe, según los críticos. Se le presenta como un empresario arruinado por salvar vidas, pero los datos indican que su quiebra se debió a su ineptitud sin esclavos. De hecho, llegó a espiar para los aliados, pero su motivación fue siempre el interés personal. El relato edulcorado de la película, con su banda sonora de violín y la famosa escena de la niña del abrigo rojo, es visto como un truco para provocar lágrimas fáciles.
Spielberg y el sentimentalismo como arma
El director se consagró con esta cinta tras años de cine comercial. Para sus detractores,
La lista de Schindler es un intento de ser tomado en serio, un dramón pretencioso que explota el Holocausto. La comparación con
El pianista de Polanski es inevitable: esta última es considerada más realista, menos sentimental y, por tanto, más respetable. Mientras que en la de Spielberg todo es blanco o negro, en la de Polanski los grises dominan. Incluso la interpretación de Ralph Fiennes como Amon Goeth es criticada por convertir a un psicópata real en un personaje casi caricaturesco.
80 años de perspectiva
Un argumento recurrente es que hacen falta 80 años para darse cuenta de que en las películas de la Segunda Guerra Mundial casi siempre ganan los malos, entendiendo "malos" como los vencedores que escriben la historia. La propaganda estadounidense sobre su propia superioridad moral se oculta tras lágrimas de cocodrilo. Los bombardeos atómicos sobre Japón, por ejemplo, no tienen su propia
Lista de Schindler. La película ha servido, según algunos, para que el lobby sionista justifique sus acciones durante décadas.
La pregunta que queda en el aire: ¿es posible separar la calidad cinematográfica de la carga ideológica? El debate sigue abierto, y el ardor de estómago que provoca esta cinta no parece dispuesto a calmarse.
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