Cumplir 50 años: el punto en que el futuro deja de ser infinito
Medio siglo se cumple una sola vez y no es una edad: es una contabilidad. A partir de los 50, el futuro deja de ser infinito y la conversación cambia de eje; se deja de hablar de lo que uno va a hacer y se empieza a hablar de lo que ya hizo, de lo que le queda por pagar y de en qué piensa gastar el tiempo que venga. Nadie coincide en si eso es el principio o el final de algo.
El marco temporal tampoco es casual. Hay quien nació con
Adolfo Suárez ya instalado en la presidencia del Gobierno y quien, con dos años más, sostiene haber nacido en pleno franquismo. La corrección llegó rápido: nacer en 1974 no es nacer en pleno franquismo, sino en un
tardofranquismo agonizante. Detalles generacionales, sí, pero explican por qué la misma fecha se celebra de formas opuestas según la nómina y la hipoteca de cada cual.
¿Qué cambia al cumplir 50 años?
Lo primero, la aritmética. La advertencia más repetida fue la más simple: a partir de ahí ya hay
más pasado que futuro. La firmó quien tenía un año más, no quien los cumplía, que es el detalle que uno suele recordar.
Lo segundo, el cuerpo y la rutina. Las felicitaciones con sorna conviven con la pregunta incómoda sobre cuánto de lo que se hacía a los 30 se sigue haciendo. Una parte sentencia que la vida tiene que ser
intensa, no extensa; otra responde con la descripción más cruda de la década: una decadencia lenta, muy lenta, que a veces se acelera, más parecida a un purgatorio que a una segunda juventud.
Entre esos dos extremos hay poco término medio, y ninguno se sostiene con datos. Solo con la biografía de cada uno.
El caso de quien deja de trabajar a los 50
La versión más terrenal llegó de quien, con el medio siglo recién estrenado, dejó el trabajo el año anterior. Su argumento: lo que queda de futuro mejor disfrutarlo ahora, no cuando el físico no acompañe. Añade que
se ha cubierto la vida y que lo tiene todo pagado, lo que convierte su caso en un ejercicio de previsión más que en una receta replicable.
El plan inmediato incluye viaje a Madrid en business, cena en Alcalá de Henares en un restaurante de carnes maduradas, tour por el estadio Santiago Bernabéu y musical en un palco. Lo cuenta sin pudor y con una tesis detrás: la mayoría se comporta como si nunca fuera a morirse. La celebración, por si acaso, se extiende del viernes al domingo.
¿Qué consejo dan a los que rondan los 40?
La pregunta la lanzó alguien que se definió como treintañero casi cuarentón, y la respuesta más elaborada fue una sola: no perder tiempo preocupándose por cosas que aún no han pasado, porque casi nunca pasan y luego llega el arrepentimiento por el tiempo malgastado. Barato de decir, caro de aplicar.
El resto se dividió entre las felicitaciones de trámite y los que aprovecharon para recordar que a los 50 nadie está en la mitad de nada. Alguien dejó caer el ejemplo de una mujer de
100 años y tres meses que, desde su residencia, no avala precisamente el optimismo.
¿Qué pasa después de los 50?
La versión más difundida entre quienes ya han pasado por ahí es que arranca un tramo largo de pendiente suave. La vida parece perder sentido, y esa es justo la etapa en la que muchos dicen empezar a vivir de verdad. A los 70, añaden, la pregunta cambia de forma y pasa a ser qué se sigue haciendo aquí.
Suena a sentencia, pero es una descripción. Nadie sabe cuánto durará ni a qué velocidad se acelera el tramo.
Con la esperanza de vida actual, es probable que el medio siglo siga siendo más una frontera administrativa que una frontera vital. Que la próxima década se parezca a la anterior es bastante seguro; que se parezca a la que cada uno imagina, mucho menos. De momento, el único pronóstico compartido es el de la tarta: se cumple una sola vez.