Una moneda BRICS respaldada por oro para enterrar al dólar
El
oro no se puede imprimir. Esa es su virtud y, a la vez, el motivo por el que media conversación económica mira con lupa el anuncio: una moneda para el comercio mundial respaldada por oro, impulsada por los BRICS, que se estrenaría, según el planteamiento que lanza la propuesta, entre
septiembre y octubre. La tesis de partida sostiene que la mecánica monetaria moderna
murió en octubre, después de
50 años de emisión sin límite y de deuda endosada a los estados, una arquitectura que arranca de la decisión de Nixon para financiar la guerra de Vietnam.
El argumento se apoya en un gráfico: el
PIB agregado de los BRICS frente al del G7. La desdolarización, dice el mensaje difundido, «es inevitable». Traducido: los bloques que venden materias primas quieren cobrar en algo que no dependa de la Reserva Federal ni del papel que imprime. Hasta aquí el titular. A partir de aquí,
harina de otro costal.
¿Qué moneda respaldada por oro preparan los BRICS?
El plan consiste en una unidad de cuenta para el comercio exterior masivo, no para pagar el pan en la panadería de la esquina. Ese matiz, que suele perderse, es clave: no se trata de sustituir el dinero de uso diario, sino de encontrar un mecanismo con el que China, Rusia, India, Brasil o Sudáfrica liquiden entre ellos sin pasar por el dólar. El respaldo que se repite es doble:
oro y países con recursos naturales, gas y petróleo incluidos.
Quien defiende la propuesta añade que el mercado del oro es universal y que ningún Estado puede intervenir su precio como sí interviene las divisas. Ese razonamiento, en el fondo, es un alegato contra la sanción financiera como arma. Y es el que sostiene toda la arquitectura del proyecto.
La ley de Gresham y el error de las dos monedas
Corre por internet una versión simplificada de la ley de Gresham: cuando conviven dos monedas, se gasta la mala en el día a día y se atesora la buena. Aplicada al anuncio, esa regla se usa para vaticinar que la moneda nueva no circulará. Hay una corrección técnica que desmonta el atajo: Gresham describía una misma moneda emitida en formatos distintos —uno con oro y otro sin él—, no dos divisas diferentes que se pueden intercambiar libremente entre sí.
Si el cambio es abierto, gastar la mala y guardar la buena deja de tener sentido, porque puedes convertir una en otra en cualquier momento. La conclusión no es que el proyecto funcione, sino que el argumento más repetido para tumbarlo no vale. Y eso, en una discusión que vive de lugares comunes, ya es algo.
Liquidar en oro: la cámara de compensación que nadie sabe dónde poner
Aquí aparece el problema práctico. Nadie va a enviar lingotes
en diligencia cada vez que haya que saldar cuentas. El patrón oro moderno exige una cámara de compensación central en la que el oro pase de un propietario a otro sin moverse y donde cada país pueda auditar que su parte está allí. ¿Y dónde se ubica? Según lo planteado, Suiza, con unidades armadas de los países más ricos, o Mongolia, que nunca se mete en nada.
La otra objeción es de física elemental: si a ti te deben X y tú debes Y, el oro para saldar no es X+Y, sino
X−Y. Eso empuja a los países a equilibrar sus balanzas comerciales para no perder reservas. Un incentivo, no un defecto.
El problema de los dólares que volverían a casa
Existe una cantidad difícil de cuantificar de dólares circulando por el mundo o atesorada como reserva de valor. Si muchos países adoptan otra moneda de reserva respaldada en oro, esos dólares regresan a casa y el proceso puede ser incontrolable. Basta, según otra estimación que circula, con que el dólar pierda entre un
10% y un 20% para que la deuda estadounidense sea insostenible.
De ahí se salta a la conclusión más incómoda y más repetida: que la única salida disponible sería la guerra, porque es lo que se ha hecho históricamente para mantener la hegemonía. Es una hipótesis, no un dato. Y quien la sostiene suele añadir una segunda derivada: un conflicto en Taiwán como válvula de escape. Nada de eso está sobre la mesa, pero todo eso se escribe.
1971, el precedente que nadie olvida
La desconfianza no es abstracta. En
1971 Estados Unidos canceló la convertibilidad del dólar en oro, rompiendo de forma unilateral los acuerdos de Bretton Woods. En términos de mercado, eso es un impago: se debía oro a los poseedores de papel y la deuda se canceló por decreto. A eso se suma la confiscación de activos rusos tras el estallido de la guerra de Ucrania.
El refrán que resume la posición escéptica es viejo: la primera vez que me engañan es culpa suya; la segunda, mía. Una moneda respaldada por oro solo vale lo que valga la promesa de quien la respalda. Y esa promesa, hoy, no la firma nadie con sangre.
Escépticos: petroyuan, cabras y contabilidad imaginaria
En el lado opuesto, la comparación obligada es el
petroyuan, presentado en su día como el principio del fin del dólar y convertido en un anuncio recurrente que nunca se materializó. También se señala que los BRICS no son una alianza militar ni una unión económica y que, fuera de China e India, los socios no son determinantes.
Sobre el respaldo, la duda es aritmética: hay quien directamente niega que exista oro suficiente para respaldar todo el dinero que haría falta, y quien ironiza con un respaldo ganadero. Una sospecha más recorre el fondo del asunto: que el verdadero objetivo no sea desmontar el sistema, sino montar otra capa de control sobre los pagos, con monedas digitales de banco central de por medio.
De momento hay un calendario anunciado, un respaldo discutido y una certeza que nadie pelea: si la moneda llega, la primera auditoría no será del oro, sino de la voluntad política de quien la emite. ¿Y quién audita esa?