Cruising como memoria histórica: el pulso entre el reconocimiento y el rechazo
La propuesta de incluir los espacios de cruising en el catálogo de lugares de memoria histórica ha reavivado un debate que enfrenta la reivindicación de una práctica sexual estigmatizada con el rechazo de quienes consideran que trivializa la memoria. El investigador José Antonio Langaita, citado en la discusión, argumenta que estos lugares no son intrínsecamente más peligrosos que el matrimonio heterosexual, donde también pueden darse violencias o contagios. "Lo que entendemos por seguro tiene un contexto", sostiene, señalando que para un gay en situación irregular, enseñar el DNI puede ser más riesgo que mostrarse en un arbusto.
Frente a esta visión académica, las reacciones han sido mayoritariamente adversas. Un sector del público lo tacha de absurdo e incluso de provocación, utilizando calificativos que mezclan homofobia con cansancio hacia lo que perciben como una agenda LGTB desbocada. Otros, en tono irónico, comparan la situación con escenas de Berlanga o Vizcaíno Casas, como si la realidad superara la ficción satírica.
El contraste entre el rigor del investigador y la virulencia de los comentarios revela la dificultad de separar el debate identitario de los prejuicios arraigados. La propuesta, aún sin concreción administrativa, deja en el aire una pregunta: ¿puede la memoria histórica incluir prácticas que una parte de la sociedad sigue considerando tabú? Sin datos oficiales que avalen una u otra postura, la discusión se mantiene en el terreno de los valores, lejos de cualquier consenso.