Cruising: el debate sobre proteger los espacios de sexo anónimo como memoria LGTB+
Que los lugares de cruising –parques, descampados, baños públicos– sean considerados patrimonio cultural suena a broma para unos y a justicia histórica para otros. En el centro del debate, el investigador José Antonio Langarita plantea una comparación incómoda: estos espacios no son intrínsecamente más peligrosos que el matrimonio heterosexual. La violencia sexual o las infecciones existen en ambos contextos; lo que cambia es el estigma.
El valor social de la clandestinidad
Para Langarita, la percepción del riesgo depende del contexto social. Mientras que en el imaginario colectivo el cruising se asocia a una sexualidad oscura y peligrosa, para un hombre gay en situación administrativa irregular enseñar el DNI –y ser deportado– resulta más amenazante que el sexo anónimo. Estos espacios, arguye, funcionan como refugio para quienes no tienen acceso a otros entornos seguros.
De la vergüenza al reclamo de protección
En círculos activistas se defiende que los lugares históricos de cruising deben ser protegidos como parte de la memoria del colectivo LGTB+, desde la clandestinidad hasta la socialización. Sin embargo, la propuesta choca con el rechazo social y con chascarrillos que ironizan sobre convertir en patrimonio desde el sida hasta las 'pañoladas' en la Casa de Campo.
El asunto enfrenta dos visiones: quienes ven estos espacios como vestigios de opresión que deben desaparecer y quienes creen que preservarlos es reconocer una realidad que el relato oficial prefiere borrar. Más allá de la polémica, el debate económico –uso del suelo, turismo, urbanismo inclusivo– apenas ha empezado a esbozarse.