El docente que se asusta cuando sus alumnos le refutan
Un profesor publica en redes que sus alumnos «intentan refutar» lo que enseña en clase y lo hace, además, con tono de escándalo. El mensaje, que según un participante pedía castigo para quien osara discutir el relato, no tardó en desaparecer. La captura, sin embargo, ya circulaba y el episodio ha servido para poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué se enseña hoy en las aulas y qué se tolera que se discuta?
El caso destapó una queja recurrente: hay quien sostiene que una parte del profesorado ha dejado de dar clase para hacer propaganda, y que los alumnos, lejos de tragar, resoplan. La escena, según varios testimonios, se repite cada vez más en secundaria y bachillerato. Lo llamativo no es el resoplido adolescente, clásico donde los haya, sino que sea el propio docente quien lo denuncie como una afrenta.
Qué decía el mensaje que se borró
El texto original no dejaba lugar a dudas: quien intente refutar al profesor debería «agachar la cabeza y aceptar la propaganda institucional». Y añadía, sin sonrojo, un deseo de castigo físico o cárcel para los que no lo hagan. El autor borró el mensaje poco después, pero las respuestas ya estaban guardadas.
La reacción fue inmediata. Un docente que se queja de que sus alumnos intentan refutar su verdad universal es, en palabras de un participante, «algo nunca visto en la ciencia». La comparación con los métodos de la Inquisición apareció en más de un comentario. El consenso, en ese punto, fue amplio: el trabajo del profesor es precisamente hacer pensar, no adoctrinar.
El choque generacional que nadie vio venir
Hace treinta años, cuenta un veterano, en el instituto había profesores de todo signo político, pero daban clase y respetaban la inteligencia del alumno. Hoy, sostiene, el profesor se dedica a hacer propaganda y arrastra un rencor acumulado que le sirve de motor vital. La novedad, apunta, es que antes el docente progre era la excepción y ahora es la norma.
El diagnóstico se repite en varios mensajes: los chavales han dejado de comulgar con el catecismo de turno. Ya no tragan con según qué consignas y lo expresan con un resoplido o una pregunta incómoda. Y eso, para cierto perfil de docente, es una afrenta personal, no una oportunidad pedagógica.
Los datos que desmontan el relato del aula adoctrinada
El cuerpo docente es el colectivo de empleados públicos más nutrido de España. Hay más profesores no universitarios que todo el personal de instituciones sanitarias. Y, sumando docencia y universidad, el sector representa el 27,27% del total de empleados públicos, frente al 19% de sanidad o el 19% de los ayuntamientos. Justicia, seguridad y defensa juntos apenas llegan al 14%.
En la universidad, un 6% del total de empleados públicos, uno de cada tres trabajadores es personal de administración y servicios: hay un PAS por cada dos profesores. La magnitud del aparato, sostienen algunos, explica por qué cualquier intento de reformar el discurso dominante choca con un muro.
El calendario que indigna a media España
Otro de los puntos que se repiten es el de las horas lectivas. El cálculo que circula es el siguiente: 172 días lectivos al año, con diciembre y abril en 13 días cada uno, enero en 17, y julio y agosto a cero. La cifra se usa como argumento para cuestionar la carga de trabajo del sector y, de paso, para justificar el cabreo de quien paga la fiesta.
El debate derivó también hacia el informe PISA y hacia la calidad de la enseñanza. Hay quien habla de «adoctrinadores» en lugar de educadores y quien reclama que se les aparte del aula. La acusación es gruesa y no está probada, pero el malestar es real y se extiende.
El péndulo y la pregunta incómoda
El episodio del tuit borrado es solo la punta del iceberg. Detrás hay una discusión más de fondo sobre qué se enseña, quién lo enseña y qué margen queda para discrepar. La sensación que traslada una parte del alumnado es que el pensamiento crítico solo se premia cuando apunta en una dirección.
¿Y si el problema no fueran los chavales que resoplan, sino los adultos que no soportan que les lleven la contraria?