El centro de Madrid deja de ser una ciudad en el puente de la Inmaculada
¿Cuánta gente cabe en el centro de Madrid antes de que deje de comportarse como una ciudad? El 6 de diciembre, según quien lo vivió, se cruzó ese umbral. A las cinco de la tarde la zona de Cibeles era un tapón humano; de Callao al eje con Alcalá,
una hora y pico. La Plaza Mayor, solo cabezas. Preciados, como si regalaran oro en las esquinas. Y en las chocolaterías y en las pastelerías más famosas,
colas de hora y media para un chocolate con churros.
El relato lo firma alguien que no quería estar allí: fue por compromiso familiar, con la suegra empecinada en pasar la tarde en la capital. Lo que encontró no lo había visto en ninguna otra capital del mundo en Navidad. Ni en París, ciudad que otro participante visitó esas mismas fechas y describe como un remanso frente al centro madrileño.
Por qué el puente de la Inmaculada es el peor momento para visitar Madrid
No hay misterio. El puente concentra tres días de descanso con el arranque de la Navidad madrileña: luces, mercadillos, escaparates y la sensación —cobrada a precio de agobio— de estar donde hay que estar. La explicación se repite,
a todos se les ocurrió lo mismo.
Quienes conocen la ciudad avisan desde hace años: finales de noviembre es otra cosa, y los días laborables después del puente permiten ver los mismos belenes y las mismas luces sin pelearse por una acera. La alternativa existe y está a la vista, con mercadillos en la Plaza de España y en Santo Domingo o con el Barrio de Salamanca para un paseo desahogado. El problema no es la oferta. Es que casi nadie elige la fecha buena.
La ciudad 'alpha' que se convierte en parque temático de sí misma
Madrid lleva tiempo vendiéndose como capital codiciada: sitio de moda, escaparate, ciudad donde la gente quiere vivir y hacerse fotos. Ese tirón tiene una cara B que el puente de diciembre deja al descubierto. Cuando el éxito se mide en cuántos quieren estar, la calle se transforma en una fila interminable.
Hay quien sostiene que el fenómeno responde al tirón económico y a la sensación de centralidad: si todo el mundo quiere estar, es que merece la pena estar. En contra pesa un argumento incómodo, y es que moverse entre cabezas, hacer colas para cualquier cosa y sentirse como ganado no es precisamente un plan apetecible por mucho glamour que se le eche. La masificación no es un síntoma de vitalidad: es una externalidad.
¿Se puede limitar el aforo del centro de Madrid?
Hoy por hoy no existe un mecanismo de control de aforo en el corazón de la capital, según denuncian algunos participantes. El resultado, dicen, es una marea sin válvulas de escape:
es muy peligroso ese volumen de gente sin control, y algún día lo lamentaremos sin que nadie quiera asumir la responsabilidad.
La referencia se repite: una cuenta crítica recuerda cada diciembre que en el encendido navideño de hace unos años no se cortó el tráfico, y aquellas imágenes se han convertido en un clásico anual de la vergüenza. El cercanías, mientras tanto, sigue acercando la periferia a la Puerta del Sol en menos de media hora, lo que engorda todavía más la afluencia en fechas señaladas.
Vivienda: el centro expulsa a quien trabaja en él
La saturación del ocio no se entiende sin la del ladrillo. Hay quien lleva meses trabajando en Madrid y ha acabado viviendo en un pueblo de Cuenca por el precio de la vivienda, con la idea de tener lo mejor de los dos mundos: vida tranquila y la capital a mano solo para trabajar.
Hay quien apunta que el centro se ha convertido en un decorado: caro para vivir, cómodo para visitar. Y mientras unos hacen cola en Preciados, otros miran su barrio y calculan cuánto aguantarán antes de marcharse. La ciudad se llena de gente que llega y se vacía de gente que se queda.
Con el medio millón de personas de más que, según el cálculo del autor del relato, había por las calles, y una hora para cruzar una avenida, quizá el termómetro del éxito de una capital no sea cuántos quieren ir, sino cuánto tarda usted en salir de ella.