La apuesta del pepinazo nuclear en Ucrania: premonición y farol
El pronóstico fue directo: habrá un pepinazo nuclear en Ucrania y Biden debería atreverse a igualar la apuesta. Se lanzó sin pruebas, a cuenta de premoniciones, y desde entonces el escenario se ha ido reescribiendo. Primero fue una
ojiva táctica. Luego, la idea de un
Chernóbil 2.0 que arrasaría Europa central. Después, la sospecha de que todo se cocina para una fecha concreta. Ninguna de esas predicciones ha venido acompañada de un dato verificable. Y aun así, el relato no ha dejado de crecer.
El núcleo del asunto no es si Rusia tiene armas nucleares —las tiene— sino qué gana usándolas. Sobre esa pregunta se parte la discusión. Hay quien sostiene que el Kremlin ya se cansó de defenderse y que acabará pasando por encima de Ucrania, Europa y Estados Unidos. En el otro extremo, la respuesta más repetida es un
¿para qué?. Si el objetivo último es el terreno y la población, radiar el país que pretendes controlar es la peor forma de conseguirlo, razonan desde esa posición.
Vietnam y Afganistán: los precedentes que enfrían la hipótesis
El argumento histórico es el más sólido que circula. Ni Estados Unidos usó armas nucleares en Vietnam ni la Unión Soviética las empleó en Afganistán. En ambos casos se trataba de conflictos alejados, en zonas que el relato dominante consideraba prescindibles, con la potencia local empantanada y sin gran cosa que perder en casa. Y en ninguno de los dos se cruzó esa línea. El silogismo se formula así: si no se hizo allí, donde el coste diplomático era bajo, menos se hará a las puertas de casa.
Hay un matiz que conviene no perder de vista: la comparación se establece entre una guerra a miles de kilómetros y otra en el patio trasero. Eso juega en las dos direcciones. Para unos, refuerza que Rusia tiene más motivos para apretar. Para otros, explica por qué la escalada se va a quedar en el terreno convencional, por muy sucio que sea.
Termobáricas, uranio empobrecido y la letra pequeña del arsenal
La palabra «nuclear» tapa una familia entera de artefactos con efectos muy distintos. Una parte de la discusión sostiene que lo que puede caer no es una ojiva atómica sino una bomba termobárica, capaz de generar una onda de choque devastadora sin dejar radiación, y que, según se afirma en el debate, ya se habría empleado en esta guerra sin que el mundo se moviera demasiado. Ese detalle —usadas y sin drama— desactiva, para quienes defienden esa tesis, buena parte del miedo que se vende.
El otro flanco del argumento es el uranio empobrecido. Se recuerda que Estados Unidos lo empleó en Siria y que Rusia no ha llegado todavía a ese escenario. La discusión sanitaria está lejos de cerrada: en el debate se citan estudios que apuntan a un aumento de malformaciones congénitas entre quienes manipulan la munición durante meses, mientras otros análisis rebajan el impacto a malformaciones y no a cáncer. No hay consenso, y quien afirme lo contrario se está inventando la certeza.
El «día D», el apagón mundial y el discurso del general chino
Una fecha concreta apareció en el debate a modo de pregunta: el 24 de septiembre. ¿El 24 de qué? Nadie lo concretó. La coincidencia con eventos internacionales se leía como confirmación, no como casualidad. En esa línea se instaló también la idea de un apagón mundial, un colapso energético que dejaría a Europa a oscuras. Y sobre todo, la tesis de fondo: que Rusia no actúa sola, sino cumpliendo un papel asignado en un plan mayor.
Ese plan mayor se ilustra con un documento muy citado: la supuesta transcripción de un discurso secreto del general chino Chi Haotian, exministro de Defensa, en el que se hablaría de un espacio vital, de armas biogenéticas dirigidas y de la necesidad de liquidar a la población sobrante. El texto no cuenta con verificación independiente y su origen es una publicación sin avales. Se repite como teoría, nunca como prueba, pero ha servido para alimentar la sospecha de un eje Moscú-Pekín dispuesto a repartirse el mundo.
La movilización rusa y el espejo de la crisis sanitaria
El anuncio de la movilización de 300.000 reservistas reactivó todas las alarmas. Para unos, es la prueba de que la guerra larga está decidida y de que el Kremlin se prepara para apretar de verdad. Para otros, es un movimiento defensivo de quien no puede sostener el frente con voluntarios. La cifra tampoco cierra el debate: Afganistán duró cerca de diez años sin que nadie tirara de botón rojo.
El argumento más incómodo es el que mira hacia atrás. La crisis sanitaria de 2020 dejó, según sostiene esta corriente, una lección difícil de digerir: se pueden paralizar economías enteras, cerrar fronteras y limitar derechos con el aval del miedo, aunque después se sostenga que la amenaza no justificaba todo lo que se hizo. Si aquello salió gratis, razona esta corriente, nada impide que la próxima ola de pánico tenga por excusa una bomba. El miedo es un instrumento, y funciona.
Dónde se atasca el pronóstico
Con la bola de predicciones sobre la mesa, el pronóstico nuclear sigue sin cumplirse y sin descartarse. La única certeza que deja el episodio es más modesta: cuando el apocalipsis se convierte en apuesta, alguien espera ganar algo. Quién, es lo que nadie acierta a decir.