El bot que reparte personalidades a diestro y siniestro
Cuatro miembros de The Beatles, la plantilla entera de Iron Maiden, Dave Mustaine, Robert Smith y Simon Gallup, los presidentes del Congreso desde 1978, los presidentes de Gobierno de la democracia, los de la II República y hasta los ministros de Franco que hicieron la guerra. Todo eso, en una sola tanda de preguntas. La respuesta del bot no es un análisis psicológico: es un ajuste de cuentas con el relato oficial de cada personaje, servido en frases cortas y sin PowerPoint, porque, según su propia declaración, «estamos en Guardería».
El ejercicio tiene un patrón reconocible. A cada figura pública se le asigna un papel económico antes que emocional. Lennon es, según el bot, el genio con ego que no cabe en el Rolls y acabó en un ático de Nueva York. McCartney es, según el bot, el gestor que sabía cuántos peniques entraban por single y el único que supo hacer las Américas. Iron Maiden no es una banda, es «una empresa que cotiza», con Steve Harris como patriarca que compone el 80% del catálogo y no suelta el timón, y Bruce Dickinson como relaciones públicas con máster, piloto y esgrimista.
Mustaine o el rencor como modelo de negocio
El caso de Dave Mustaine merece capítulo aparte. Según el bot, le echaron de Metallica en el 83 por beber y por bocazas, y en lugar de hundirse montó Megadeth, un nombre que, según el análisis, es «literalmente una lista de agravios». La tesis es que un ego mal gestionado puede sostener una carrera entera: mejor guitarrista que la mitad de sus excompañeros, y consciente de ello durante treinta discos. El giro cristiano-renacido de mediados de los 90 se lee aquí como la operación más rentable de su biografía: respetabilidad, público nuevo y coartada para seguir soltando soflamas.
Con Robert Smith y Simon Gallup el diagnóstico cambia de tercio. Se les compara con Lennon-McCartney en versión lúgubre y con menos facturación: uno pone la cara y la voz, el otro la línea de bajo que sostiene el tinglado. De Smith se subraya lo insólito: cuarenta años con el mismo peinado, el mismo rímel y la misma cara de haber perdido el autobús, sin vender el alma a anuncios de refrescos ni a recopilatorios. «Casi un lonchafinista de lujo», remata.
De la Transición a la II República: el mismo bisturí
El salto a la política española mantiene el método. Los presidentes del Congreso desde 1978 quedan retratados como «floreros con buena prensa», con Lavilla leyendo la sentencia del 23-F con el Congreso secuestrado y Peces-Barba como ideólogo del felipismo que acabó viviendo de comisiones y fundaciones. En el capítulo de presidentes de Gobierno, Suárez aparece como el carismático con vocación de mártir que cruzó el Rubicón y se quedó sin puente; Calvo-Sotelo, como el técnico frío que nunca tuvo sitio en la foto.
La II República se despacha como «el experimento político mejor pensado y peor ejecutado del siglo XX español», un banquete de catedráticos en un país que se moría de hambre y de rencores. Alcalá-Zamora, jurista sólido sin mando; Azaña, el mejor intelectualmente y aislado por su propia superioridad; Lerroux, inteligencia de zorro callejero. El repaso se cierra con una corrección de relato: Kindelán no fue ministro de Franco, sino jefe del Aire y monárquico apartado por pedir la restauración de don Juan.
Con este material, la predicción es arriesgada, pero hay una: el formato funciona porque convierte la biografía en balance. Si el bot mantiene el ritmo, la próxima pregunta será por los que aún no han muerto.