De Windows a Linux: el driver de red que nadie te avisa
Cambiar de sistema operativo para huir de un Windows al que ya no le llegan drivers y acabar con un equipo que no se conecta a internet. La jugada tiene su gracia. La primera duda de quien instala una
distribución Linux por primera vez rara vez es cómo personalizar el escritorio: es por qué demonios no hay red.
El caso que abrió la conversación es casi un tópico. Alguien estrena ordenador, se instala Ubuntu GamePack —una variante de Ubuntu enfocada a juegos, con parches añadidos— y se topa con dos frentes abiertos a la vez. Uno, la desconfianza hacia lo que acaba de instalar, alimentada por sospechas sobre su procedencia que nadie respalda con una sola prueba. El otro, más terrenal:
no hay conexión a internet una vez terminada la instalación.
Por qué Linux no se conecta a internet tras la instalación
La hipótesis que se apunta en el hilo señala al
controlador de red Broadcom. No viene cargado en el kernel que se instala en el disco —sí, en cambio, en el del USB de prueba— y acaba en lista negra. De ahí la contradicción que descoloca a cualquiera: la conexión funcionaba antes de instalar y desaparece después. El kernel de la sesión live y el definitivo no son el mismo, y los módulos se activan de forma distinta.
El intento de arreglo más citado,
sudo dpkg-reconfigure resolvconf, devuelve un error porque el paquete ni siquiera está instalado. El archivo resolv.conf solo gestiona el DNS, así que rara vez es la raíz del asunto. Según uno de los participantes, para según qué chips la salida pasa por añadir el firmware no libre que Debian deja fuera por defecto y que Ubuntu y sus derivados meten de serie; es la razón por la que le cuesta menos a un recién llegado empezar por Ubuntu o Mint que por la rama madre.
Qué distribución Linux elegir para dejar Windows
Sobre el papel, la lista de candidatas es amplia. En la práctica, las recomendaciones se concentran.
Linux Mint aparece una y otra vez: comparte base con Ubuntu, hereda su comunidad y arrastra menos decisiones controvertidas de Canonical. Ubuntu directo es la otra vía, aunque a más de uno le provoque cierto rechazo.
Debian, la madre de casi todas, se defiende como la opción sobria y estable, con la advertencia de que puede exigir pelear con firmware que no es libre. Fedora y Manjaro entran como alternativas para quien no teme tocar un poco más.
El aviso que más se repite apunta en otra dirección: no saltar de una distribución a otra sin criterio. Quien lleva años en esto lo ha visto demasiadas veces. El recién llegado prueba cinco sistemas, no acaba de configurar ninguno y termina de vuelta en Windows hablando pestes de todo el ecosistema. La recomendación, casi unánime, es quedarse en lo
mainstream y experimentar, si apetece, en una máquina virtual.
Ubuntu LTS frente a versiones intermedias: nueve meses de vida
Aquí hay un lío que Canonical no ayuda a deshacer. Las versiones
LTS salen cada dos años y aguantan años de soporte; las intermedias son, en la práctica, bancos de pruebas. Ubuntu 20.04 mantiene actualizaciones hasta 2025. La
21.10, en cambio, caduca «antes que los yogures»: nueve meses de vida, hasta julio de 2022. Instalar la intermedia no aporta controladores más nuevos, solo un sistema que expira antes.
Hay quien defiende que Debian lo explica mejor, con nombres que van directos al grano —estable, en pruebas, inestable— en lugar de obligar a descifrar numeritos. Para un uso doméstico sin sobresaltos, la LTS es el terreno seguro.
Jugar en Linux: Steam, Proton y GoG
La promesa de jugar igual que en Windows es la que más gente empuja a dar el salto y la que más matices tiene. Con
Steam y su capa de compatibilidad Proton, buena parte del catálogo de Windows funciona; quien lo defiende recuerda que detrás hay un trabajo que merece apoyo. Otros prefieren
GoG por su catálogo sin DRM y por poder guardar el instalador y llevárselo a cualquier parte.
Para indies y retro, la experiencia es buena; sobre los grandes lanzamientos, uno de los participantes admite que no puede opinar porque su equipo no da para tanto. Un formato habitual de estos instaladores es un ejecutable
.sh —bautizado internamente como
mojosetup— que simplemente descomprime los archivos y coloca los accesos.
La terminal, systemd y la pelea de fondo
Debajo de todo late una discusión vieja: si un sistema operativo debe exigir la terminal para las tareas más mundanas. «Un sistema que la requiere para lo más básico está mal enfocado», sostiene una corriente, que pide todo gráfico y a prueba de torpes. La contraria responde que si a alguien le molesta la línea de comandos, quizá su sitio siga siendo Windows.
En medio, systemd. El sistema de inicio que estandarizó el arranque en casi todas las distribuciones genera amores y odios a partes iguales: unos lo celebran como solución definitiva, otros lo acusan de romper la filosofía de simplicidad. La implementación no es igual en todas partes; la que se hizo en Debian y sus derivadas carga con la fama de pesada. Los tiempos de arranque que se comparan —
26 segundos en Manjaro frente a un minuto largo en otros sistemas— alimentan el fuego.
La vieja promesa de que este sería el año de Linux en el escritorio sigue sin cumplirse y, a juzgar por cómo se repiten los mismos problemas de red, no parece que vaya a hacerlo pronto. La mayoría sigue en Windows, y muchos de quienes lo dejan vuelven. Con los datos sobre la mesa, la pregunta ya no es si Linux está listo para el usuario común, sino cuánta paciencia tiene ese usuario. ¿Cuál es su límite?