Submileurismo feliz: la nueva normalidad que vende El País
Una pareja de administrativos vive en Majadahonda, tiene un Renault Megane comprado a crédito, cena en Ikea y se va de vacaciones con ofertas. Ganan menos de 1.000 euros cada uno. El reportaje de El País lo presenta como un ejemplo de adaptación virtuosa: el lonchafinismo bien entendido. Pero la discusión que ha generado va mucho más allá de alabar la austeridad. Lo que está en juego es la legitimación de un nuevo escalón salarial: el submileurismo como horizonte vital.
¿Por qué ahora esta narrativa?
Hasta hace unos años, la prensa asociaba el mileurismo a licenciados en paro que compartían piso en Malasaña. La novedad del reportaje es que normaliza sueldos por debajo de los 1.000 euros en parejas estables, con coche, mascota y casa en barrios de clase media. Un movimiento narrativo que, según algunos análisis, busca preparar el terreno para que una generación entera asuma que vivir con menos de 1.000 euros al mes es lo normal. No es casualidad que la pieza se publique cuando el paro juvenil supera el 40% y la temporalidad es la regla. La pregunta que flota es si se trata de un mero reportaje costumbrista o de una pieza de ingeniería social para que los trabajadores bajen sus expectativas.
Los números de la nueva precariedad
El debate ha puesto sobre la mesa cifras concretas. Una pareja que gane 1.800 euros netos al mes (dos sueldos de 900 euros) se enfrenta a unos gastos fijos anuales de 3.320 euros solo en vivienda: 1.800 en calefacción, 840 de comunidad, 400 de IBI, 150 de basuras, 400 de seguro de hogar y 500 de electricidad. Es decir, más de 275 euros al mes antes de comer, pagar transporte o la letra del coche. Con un alquiler medio de 400 euros, el margen es mínimo. Algunos defienden que se puede vivir con menos si no se tienen hijos y se evita el coche nuevo; otros señalan que cualquier imprevisto (una avería, una enfermedad) hunde el castillo de naipes. La fragilidad es el denominador común.
El precio de la estabilidad emocional
Uno de los puntos más lúcidos del análisis que ha circulado es la relación entre submileurismo y natalidad. En una muestra de 20 parejas de entre 28 y 42 años, solo 5 tenían descendencia, sumando 9 hijos en total. La razón es obvia: sin un sueldo que baste para mantener a una familia, las mujeres no pueden arriesgarse a dejar de trabajar, y las parejas no generan la confianza necesaria para un proyecto a largo plazo. El submileurismo no solo empobrece; reduce la demografía. Y a medio plazo, eso significa menos cotizantes para sostener las pensiones de quienes ahora defienden esta nueva normalidad.
El reportaje de El País puede leerse como un manual de supervivencia, pero también como una pieza de propaganda. Porque si la miseria se vende como lifestyle, el siguiente paso es que los propios trabajadores se sientan culpables si no la gestionan con una sonrisa. Y, mientras tanto, la pirámide demográfica sigue encogiéndose.
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