Por qué en España no se lía parda: paguitas, hipotecas y sumisión
En Francia, Reino Unido, Canadá o Irlanda la gente sale a la calle y la lía. En España, en cambio, se aplaude. Esa es la tesis que abre el asunto y que arrastra 174 respuestas: la pregunta de por qué un país con sueldos bajos, horas extras gratis y una generación entera sin expectativas no explota. La respuesta que se repite no es halagadora:
hay quien sostiene que paguitas, pensiones y nóminas de funcionarios suman en torno al 80% de la población, y quien tiene la cuota hipotecaria del mes que viene no se juega el puesto. El resultado es un país que aguanta, no por convicción, sino por cálculo.
El 80% que vive del Estado
El argumento más repetido es económico y no tiene nada de romántico. Se sostiene que
paguitas, pensiones y nóminas de funcionarios suman en torno al 80% de la población, y que ese bloque no tiene incentivo alguno para romper la baraja. A eso se suma la deuda: quien está hipotecado no puede permitirse el lujo de rebelarse, porque
hay que pagar la cuota del próximo mes. La rebelión, en este marco, es un bien de lujo.
Hay quien va más allá y señala que las asociaciones con capacidad real de convocatoria —sindicatos, ONG, asociaciones civiles— viven de subvenciones gubernamentales. Si el que paga es el Gobierno, la protesta contra el Gobierno tiene un problema de incentivos evidente. No es una revolución espontánea: es una estructura de dependencia.
¿Por qué los sindicatos no convocan huelgas?
La respuesta más citada es que
los sindicatos son parte del Gobierno y, por tanto, no van a salir a la calle contra sí mismos. Cuando gobierna la izquierda, nadie convoca nada. Cuando gobierna la derecha, se convoca todo. Esa asimetría se explica por un poso que se atribuye al
franquismo: la idea de que
la calle es de la izquierda y que las revoluciones solo vienen de ese lado. El resultado es que en España solo arde Troya cuando gobierna la derecha, y no siempre.
El 15M aparece en la conversación como contraejemplo y como advertencia. Se recuerda que Madrid estuvo meses ocupada, pero se discute si aquello fue espontáneo o una puesta en escena en una localización preparada para ser televisada. La conclusión que se extrae es amarga:
de aquellos lodos, estos polvos, y el país salió más polarizado y con las mismas instituciones.
El catalán como única fuerza real
Frente al inmovilismo general, hay quien señala una excepción:
el independentismo catalán es la única fuerza con intensidad real en toda España. Se argumenta que apoyar la nación catalana es sencillo, no implica represalias y tiene una estructura de apoyo social y mediático detrás. A Rajoy, se dice, se le pusieron de corbata. La contraparte no tarda: se recuerda que Franco paseó bajo palio por Barcelona en 1962 y que la sumisión también tuvo su versión catalana.
El contraste sirve para subrayar lo que falta en el resto: un relato, una bandera y una red de apoyo. Sin eso, la queja se queda en el bar.
La generación que vive demasiado bien
Una parte del análisis apunta a la comodidad material.
Vivimos demasiado bien para arriesgar nada, y la generación que ahora tiene entre 40 y 60 años vive mejor que sus padres y no quiere jugarse el puesto. Cuando esa generación herede y las cosas empeoren, se dice, hablaremos. Hasta entonces, el malestar se canaliza en el voto o en la abstención, no en la calle.
A eso se añade un factor cultural que se repite con insistencia:
un pueblo sumiso por naturaleza, educado en el paternalismo estatal, que confía en la Seguridad Social, la Policía y el orden legal aunque todo se derrumbe alrededor. La imagen que se usa es la de la mujer maltratada que no ve alternativa: sin las instituciones actuales, aunque persigan y maten de hambre, se piensa que no hay futuro. Rebelarse, en ese imaginario, es de rojos, y rebelarse como los rojos implica destruir lo poco que hay.
El cuadro que queda no es halagüeño: un país con sueldos bajos, horas extras gratis y una clase trabajadora dividida que no encuentra a nadie detrás cuando va a la huelga. La predicción que se repite con más frecuencia es que esto no cambia hasta que el malestar llegue a la cuota del mes. Con reservas: puede que entonces ya no quede nada que defender.