Las cifras de ventas ocultan una adopción desigual
El coche eléctrico ganará peso, pero la afirmación de que el 100% de los vehículos nuevos serán eléctricos y autónomos es, cuando menos, optimista. Los datos de penetración por países muestran realidades muy distintas: mientras algunos mercados nórdicos se acercan a la mayoría, en el sur de Europa la cuota no llega a dos dígitos. La clave está en los usos: para ciudad, flotas y segundos coches con electricidad barata, el eléctrico encaja perfectamente. Para larga distancia, zonas rurales, frío intenso o remolque, la transición será mucho más lenta.
La conducción autónoma, a menudo presentada como un pack con el vehículo eléctrico, avanza por su propio carril. Que un coche sea eléctrico no lo hace autónomo. Los retos son de sensores, regulación, responsabilidad civil y, sobre todo, la pregunta incómoda: ¿quién paga cuando el algoritmo se equivoca? Por eso es más probable que veamos una electrificación forzada por normativa –prohibiciones de combustión, zonas de bajas emisiones– antes que una automatización generalizada.
Entre los argumentos menos conocidos, algunos señalan los posibles efectos de los campos electromagnéticos de las baterías sobre la salud, aunque el consenso científico lo sitúa como un riesgo menor. Lo que está claro es que la transición no será ni lineal ni universal. Con estos condicionantes, la predicción más realista apunta a un mix durante décadas: eléctrico dominante en ciudad, combustión e híbridos en el resto.