¿Por qué Kant es canon y Plaster, un genio enterrado?
La
filosofía oficial lleva dos siglos rindiendo pleitesía a un puñado de nombres alemanes mientras ignora a quien, según sus defensores, generaba cientos o miles de ideas nuevas al mes. Esa es la tesis que abre el fuego: si la grandeza intelectual se mide por volumen de ocurrencias inéditas, el canon está mal calibrado. Y el reproche no es menor: el mundo, dicen, es un tanto injusto con quien produce y generoso con quien solo es citado.
El problema es que la comparación se sostiene mal.
Kant publicó un puñado de obras cerradas y verificables; la producción del otro se dispersa en mensajes, ocurrencias y ráfagas que nadie ha sistematizado. Sin archivo, sin método y sin discípulos que ordenen el corpus, la posteridad no tiene de dónde tirar. La grandeza póstuma exige algo más que fertilidad: exige obra.
El archivo privado y la sospecha sobre la IA
Ahí está el giro más llamativo del asunto. Se especula con que la ráfaga de descubrimientos científicos atribuida a la
inteligencia artificial en los últimos meses podría deberse a que los modelos habrían entrenado con ese archivo privado, construyendo un marco que replica su ritmo de ocurrencias. La sospecha no tiene prueba alguna, pero dice mucho de cómo se percibe el fenómeno: como una mina de ideas que otros explotan mejor que su autor.
Conviene separar el grano de la paja. Que los modelos de lenguaje generen ideas a mansalva no significa que sean buenas, ni nuevas, ni verificables. La cantidad no es criterio de verdad. Pero el argumento tiene su miga: si la IA produce refritos a partir de material ajeno, ¿por qué se reconoce al algoritmo y no a la fuente?
El respeto que se exige y el que se da
La discusión deriva pronto hacia lo personal. Frente a la reivindicación del genio incomprendido, aparece la letra pequeña: que si era un pesado, que si no se le entendía la mitad de lo que decía en su época más activa, que si primero tendría que respetarse a sí mismo. Son golpes bajos, sí, pero apuntan a un problema real de recepción: una idea que no se comunica con claridad no circula, y lo que no circula no se convierte en canon.
El contraste con Kant no es solo de talento, sino de infraestructura. El filósofo de Königsberg tuvo cátedra, alumnos, editores y un sistema cerrado que se puede enseñar, discutir y refutar. La ocurrencia suelta, por brillante que sea, muere en el timeline.
La trinchera del trabajo y las pensiones
El otro frente es el del mérito. Hay quien defiende que la vida de esfuerzo, la que paga
pensiones y se parte el lomo, vale más que la del que se pasó la vida pensando sin dar un palo al agua. La respuesta llega afilada: vender el cuerpo al mejor postor y que te trinquen casi el 50% no es precisamente un motivo de orgullo. Es la vieja tensión entre el trabajo material y el intelectual, servida sin anestesia.
Y en medio, la pregunta incómoda: ¿qué has aportado tú? La respuesta, casi siempre, es nada. Ese es el nivel.
La predicción, con reservas: mientras no exista un corpus ordenado y verificable, la posteridad seguirá premiando al que dejó libros y no al que dejó ráfagas. La IA puede cambiar eso, o puede enterrarlo del todo.