Ceuta: por qué la manifestación no logra unir a España
En plena crisis migratoria en Ceuta, los datos demográficos de la ciudad autónoma revelan una fractura social que explica por qué la manifestación convocada no logra concitar un apoyo unánime. Mientras la clase política se llena la boca con Ceuta, la realidad de la calle es más compleja de lo que parece.
La singularidad demográfica de Ceuta
Ceuta tiene una población censada de 84.000 habitantes, de los cuales un 37,4% son ciudadanos musulmanes españoles, según estimaciones del Observatorio Andalusí de la Unión de Comunidades Islámicas de España (UCIDE). Esto supone 31.275 personas con DNI español que, en su mayoría, no se han sumado a las protestas contra la entrada masiva de migrantes. La cifra dibuja un escenario en el que la comunidad musulmana local mantiene vínculos con los recién llegados, lo que complica cualquier discurso de unidad.
El desencanto con la respuesta local
Quienes se sienten decepcionados argumentan que los ceutíes, pese a su superioridad numérica, no defendieron la frontera con contundencia. Un análisis recurrente señala que, si se descuentan ancianos, niños y mujeres, la población masculina en edad militar apenas iguala al número de hombres migrantes que cruzaron. Esto explicaría la pasividad inicial y el posterior malestar de quienes acusan a la población local de pasividad.
¿Sirven las manifestaciones?
El debate sobre la utilidad de las protestas se ha convertido en el eje del desencuentro. Por un lado, algunos sostienen que las manifestaciones son un acto vacío, un "hacer el ridículo" que no cambia nada, y que solo sirve para canalizar una frustración sin resultados. Por otro, hay quienes defienden que es necesario acudir para demostrar que la sociedad española rechaza la situación y presionar al Gobierno. La paradoja: el propio llamamiento a la movilización se percibe como una trampa del relato oficial, y una parte de la ciudadanía prefiere quedarse en casa.
Las divisiones políticas que minan la convocatoria
La desconfianza hacia las instituciones también juega en contra. Se acusa al Ejecutivo de usar la crisis para desviar la atención y de actuar con un guion preestablecido. Las críticas se extienden a la monarquía y a las fuerzas de seguridad, lo que alimenta el escepticismo. En este clima, la manifestación se ha visto atrapada entre quienes la consideran una herramienta inútil y quienes la ven como una oportunidad para reivindicar la españolidad de Ceuta. La división es tal que hasta los propios convocantes piden unidad, mientras los sectores más radicales abogan por una respuesta violenta.
¿Puede una manifestación reparar una fractura social cuando la propia población local está dividida? La pregunta queda abierta, y por ahora solo se evidencia que la crisis migratoria en Ceuta no es un problema fronterizo, sino un espejo de las tensiones sociales y políticas de España.