Cuba vs Sudeste Asiático: por qué el paraíso low cost se queda sin expatriados
Imagínese una playa de arena blanca en Varadero, una langosta entera por 10 euros, una casa colonial por 300 euros al mes y una cubana dispuesta a casarse al mes de conocerle. El paquete completo que cualquier nómada digital o jubilado buscaría en Tailandia o Filipinas. Pero con un plus de exclusividad: prácticamente nadie lo ha elegido. El debate sobre por qué Cuba, pese a ser la opción más barata del Caribe, no logra captar el flujo de expatriados que sí recibe el Sudeste Asiático es una cuestión de promesas rotas y realidades pegajosas.
El espejismo del coste de vida
A primera vista los números cantan. Un español que ingrese 1.000 euros al mes en Cuba se considera un marajá en un país donde el salario medio local oscila entre 10 y 30 dólares mensuales. La langosta, el pan y la fruta tropical son casi regalados: una comida en un chiringuito cuesta 1-2 euros. Incluso el paso por el registro civil es gratuito: casarse con una cubana abre la puerta a la ciudadanía y al sistema de salud pública. Todo esto es cierto sobre el papel. Pero la letra pequeña es densa.
La economía del desabastecimiento
El primer muro lo pone la despensa. En Tailandia o Vietnam se puede comprar una barra de pan en cualquier supermercado; en Cuba, si no se madruga, te quedas sin ella. La carne etiquetada como «normal» que se reparte a la población es calificada por algunos residentes como «sintética»: una mezcla de soja y conservantes que nada tiene que ver con el solomillo de la charcutería tailandesa. Los cortes de luz son crónicos, la conexión a internet es un bien escaso y caro, y la moneda local –el peso cubano convertible o MLC– detrae hasta un 30% del valor real de cualquier remesa o ingreso. Quien envía 34 dólares desde el exterior recibe, tras el cambio oficial, una cantidad con la que apenas se compra lo básico.
Fiscalidad y control: dos caras de la misma moneda
Tailandia atrae a los expatriados con un régimen fiscal benigno: los ingresos generados fuera del país no tributan mientras no entren en el reino. En Cuba, la historia es la inversa: el residente se expone a una fiscalidad elevada y a un control estatal omnipresente. Ser ciudadano cubano implica estar sometido a las mismas normas de aduana, restricciones cambiarias y servicios que los nacionales. La burocracia es densa, la vigilancia policial se concentra en las zonas turísticas pero brilla por su ausencia en los barrios interiores, donde la delincuencia crece sin que la prensa oficial lo refleje.
El factor humano y el mito de la mulata
Quienes han vivido en ambas regiones coinciden en que la diferencia última no es económica, sino de atmósfera. En el Sudeste Asiático, el trato es respetuoso, amable y discreto; el turista no se siente un objetivo. En Cuba, la percepción de ser visto como una fuente de ingresos –como «un rico capitalista» al que estafar– es constante. Las anécdotas de españoles que abandonaron la isla tras meses de intentar hacer vida normal son numerosas. Incluso Willy Toledo, conocido activista de izquierdas que anunció su mudanza definitiva a Cuba, la deshizo al cabo de poco tiempo. La conclusión es incómoda: por más barato que sea, un destino en el que lo básico escasea, el Estado controla cada movimiento y la sonrisa se paga con recelo no atrae a jubilados ni nómadas. Al menos, no a los que tienen la opción de irse a otro sitio.