Crisis y drogas alimentan la expansión silenciosa de las pandillas juveniles en Cuba
Tras la reyerta múltiple entre pandillas en la Finca de los Monos en junio de 2024, el fenómeno de las bandas juveniles en La Habana pareció diluirse entre otras noticias. Pero la realidad es que el problema no ha hecho más que agravarse. En medio de la crisis sistémica que vive el país, estos grupos crecen de forma silenciosa, adoptando estructuras de pandillas criminales con juramentos de sangre, tatuajes de identificación y control territorial.
¿Qué hacen y cómo operan?
Lejos de limitarse a pequeños robos, las pandillas han diversificado sus fuentes de ingresos. Según diversas fuentes, se dedican a la venta de droga casera, a pequeños hurtos y a la protección de comerciantes a cambio de una mordida. El vacío de poder en los barrios y la pobreza extrema actúan como caldo de cultivo. No es extraño que algunos comparen la situación con la de Haití, aunque las diferencias estructurales son notables.
El espectro de Haití y la vía española
El paralelismo con Haití es recurrente en el análisis. Ambos países comparten pobreza extrema, vacío de poder y una población mayoritariamente de origen africano. Sin embargo, Cuba cuenta con una válvula de escape: la ley de tataranietos, que permite obtener el DNI español a descendientes de españoles. Esto podría frenar una escalada de violencia al ofrecer una salida migratoria a muchos jóvenes, aunque también supone una fuga de talento y mano de obra.
El dilema está servido: mientras las pandillas se profesionalizan y extienden su control, el Estado no logra contenerlas. La crisis económica sigue profundizándose y las drogas caseras inundan los barrios. ¿Se encamina Cuba a un escenario de colapso como el haitiano? Por ahora, la emigración hacia España actúa como amortiguador, pero nadie sabe hasta cuándo aguantará la celda de contención.
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