Los hutíes bloquean Bab el-Mandeb y nadie sabe cómo pararlos
Nadie derrota a los hutíes porque no hay una infraestructura que derrotar. La milicia que se ha atrincherado en el estrecho de Bab el-Mandeb, en el sur de la península arábiga, no depende de fábricas, cuarteles ni aeródromos: opera desde un territorio arrasado y desde ahí condiciona una de las rutas comerciales más importantes del planeta. El resultado, a la fecha de esta discusión, es una economía global bajo presión y un reguero de bombardeos que no cierra el expediente.
El bloqueo que no se resuelve con bombas
El argumento más repetido es logístico: se corta el grifo y la guerra se acaba. Quien sostiene esa tesis añade que aquí no se combate sobre el terreno, sino contra lanzamientos desde la costa, detectables y arrasables. Frente a eso pesa un precedente incómodo: Afganistán, Laos, Camboya y Vietnam ya demostraron que la alfombra de bombas no doblega a un adversario que no tiene nada que destruir ni nada que perder. El coste de interceptar cada proyectil lo paga quien lo persigue, no quien lo lanza.
Ormuz, el oleoducto y el relato del caos
El cuadro se complica en cadena: el estrecho de Ormuz bloqueado, el oleoducto saudí Este-Oeste alcanzado por drones y misiles hasta su cierre preventivo, y milicias aliadas en Irak operando contra la misma infraestructura. Ahí asoma la lectura más escéptica: el foco sobre los hutíes serviría como coartada para justificar precios y decisiones que se toman en otra parte. Que el contingente parezca pequeño —su tamaño se ha llegado a comparar con el del ejército alemán— no altera la aritmética del tráfico marítimo.
Lo previsible, a la vista de los precedentes, es más de lo mismo: campañas aéreas que no desalojan a nadie y una ruta que sigue encareciéndose. Cualquier pronóstico más firme es un acto de fe.