El discurso natalista de los creadores antiprogres choca con sus propias cifras
La paradoja circula desde hace tiempo en los mentideros digitales: buena parte de los creadores de contenido que más insisten en la
natalidad, la
familia tradicional y el «futuro de Occidente» no tienen
hijos. El caso más citado es el de Roberto Vaquero, que a sus 38 años acumula cero descendientes pese a anunciar que tendrá tres. La lista de nombres con cero criaturas crece; la de los que sí las tienen, también. Y ahí empieza el problema del argumento.
El marcador no es tan favorable como parece
El recuento que se hace en la conversación desmonta la tesis de partida. Raúl, el creador murciano, tiene cuatro hijos. El Óscar de Greenfits y Devolucionarios tiene al menos uno. UTBH tiene uno y Begoña Gerpe, dos por inseminación artificial. Frente a ellos, Agustín Laje, al que se le reprochó su situación con 36 años, o Rodri Salas, señalado por predicar un modelo de vida que no aplica. La conclusión que se extrae es incómoda para quien lanzó la pregunta: los ejemplos con descendencia superan a los que no la tienen.
¿Por qué se exige a unos lo que no se exige a otros?
La hipótesis que gana peso en la conversación es la del doble rasero. Se apunta a que el público progresista blanco con cuatro hijos —los que cada fin de semana llevan a los niños al teatro alternativo o a limpiar el monte por el «futuro sostenible»— no recibe el mismo escrutinio. El reproche no sería ideológico sino de coherencia: se mide a los antiprogres con una vara que no se aplica a los demás.
Hay quien va más allá y sostiene que la mayoría de estos creadores son homosexuales, lo que explicaría —sin necesidad de hipocresía— la ausencia de descendencia. Es una afirmación que se lanza sin prueba alguna y que conviene tomar como lo que es: una sospecha de barra de bar, no un dato.
El modelo de «hombre de valor» que no se cumple
El análisis más ácido apunta al guion vital que muchos de estos creadores venden: el hombre de valor que mantiene a una pareja y tiene descendencia. La crítica señala que algunos de los que más lo promueven viven vidas que poco tienen que ver con ese ideal, entre viajes y relaciones sin compromiso. El reproche no es que no tengan hijos, sino que construyan un personaje que no resiste el espejo.
La pregunta que queda abierta
El caso de Vaquero admite matiz: se casó el año pasado, así que quizá solo haya que esperar. La natalidad no se mide en tiempo de descuento. Con estos mimbres, la pregunta original —por qué los antiprogres no tienen descendientes— se queda sin respuesta cerrada. Quizá porque la premisa era falsa desde el principio.