Por qué el funcionario con plaza no monta el negocio que promete
La paradoja es fácil de formular y difícil de resolver. Si entre quienes tienen plaza pública hay abogados del Estado, médicos con el MIR sacado, profesores de secundaria o militares de carrera, ¿por qué tan pocos dejan la plaza para montar la empresa que su formación parecería permitir? El primer lugar común que se cae es el del sueldo alto. Un camarero por convenio ronda los
1.200 euros mensuales más horas extras; entre los casos que se citan aparece una profesora de colegio estatal con
2.200 euros de nómina. Con esas cifras sobre la mesa, el funcionario no se queda por lo que cobra, sino por lo que teme perder.
¿Se queda por el sueldo o por el riesgo?
A nivel de renta, la oposición ha dejado de ser el atajo. Hay quien lo dice sin rodeos: hoy un camarero gana casi lo mismo que muchos funcionarios, y oficios como camionero, albañil o fontanero —con demanda desbordada— superan con holgura esa franja. El argumento que se impone no es el de la nómina, es el del
riesgo. La plaza funciona como una inversión de rentabilidad baja y riesgo casi nulo: no te hace rico, pero no te deja en la cuneta.
Y ese colchón cambia por completo la aritmética de emprender. Si el negocio tarda dos o tres años en arrancar, el asalariado del sector privado sufre; el funcionario, no. Cobra igual. Esa es, en el fondo, la explicación que más veces se repite y la que menos tiene que ver con la capacidad intelectual.
La empresa no sale del expediente académico
El segundo bloque de argumentos ataca la premisa de la pregunta. La capacidad de crear riqueza no es función de la inteligencia ni de los estudios. La empresa es, como resume un participante, «un acto de creación», la capacidad de ofrecer algo que no existía; hace falta imaginación y, sobre todo, querer la idea hasta el punto de vivir el proyecto. Por eso los grandes pintores no salen de las academias de pintura y los grandes empresarios no salen de las facultades de empresariales.
Existe una versión todavía más incómoda de esa tesis: un sistema que empuja a sus mejores cabezas a aprobar una oposición y administrar expedientes está premiando la resistencia y la memoria, no el olfato para detectar un hueco de mercado. Y, según esa lectura, el resultado sería una economía poco innovadora que después intenta atribuirse el papel innovador sin tener estructuras para ejercerlo.
Lo resume otro participante: tienes una nómina fija pase lo que pase; si el negocio va bien, estupendo, y si tarda, sigues comiendo. Esa red convierte la plaza en plataforma. Nunca en condena.
Academias, fruterías y consultas privadas: los que sí se lanzan
El inventario de casos desmiente la inmovilidad absoluta, pero también el salto heroico. Lo que abunda no es la renuncia, es la
compaginación. Médicos de la sanidad pública que atienden su consulta privada por las tardes. Agentes que montan una academia de preparación de oposiciones, presencial y online. Otro con una frutería que atiende su mujer por la mañana. Y, entre los casos citados de oídas, corredurías de seguros, venta de equipamiento de seguridad a ayuntamientos, distribuidoras para hostelería o academias propias.
El ejemplo corporativo que se cita es el de Inditex: tanto el anterior como el actual consejero delegado de la compañía son abogados del Estado en excedencia, según un participante. Son, se argumenta en el hilo, gente que no inventó un mercado nuevo, sino que fichó por un caballo ganador cuando la puerta se abrió: ahí no hay épica emprendedora, hay posición.
Salir de la plaza no siempre es renunciar a ella
También hay quien se larga de verdad. Uno de los relatos es el de un funcionario de carrera que pidió la excedencia voluntaria por interés particular harto de hacer los mismos papeles, se pasó al sector privado y no piensa volver: gana más y, dice, su trabajo ahora le llena. Lo cuenta con la euforia del que acaba de saltar del barco y todavía no echa de menos el puerto.
La parte interesante es que, en los casos que se cuentan, los que prueban el mercado no sueltan el paracaídas. Y ahí el detalle normativo importa más que cualquier discurso motivacional.
El coste de montar algo propio en España
El otro ingrediente no está dentro de la administración, está fuera. Montar un negocio en España es, se sostiene, un quebradero de cabeza lleno de gastos y con probabilidad alta de fracaso, y los negocios que aguantan son en buena parte pymes heredadas que pasan de padres a hijos. A eso se suma la fiscalidad: hay quien cifra en el
80% del esfuerzo lo que se queda por el camino y señala una regulación que castiga al autónomo que trabaja duro.
Con ese panorama, la pregunta de partida se invierte. No es que el funcionario no sepa montar negocios: es que el sistema le paga por no intentarlo y le cobra por intentarlo.
Queda el cálculo de fondo, que nadie cierra: si fuera hay riesgo y dentro hay seguridad, si fuera se paga mejor y dentro no se paga mal, y si el fisco se lleva buena parte del intento, ¿qué habría que mover primero, el sueldo, los impuestos o el miedo?