Ni jefes ni empleados: la tecnológica que presume de buen rollo
El buen ambiente laboral no se paga con un futbolín. La tecnológica Softtek, con sede en el polígono de Pocomaco, en A Coruña, y presencia en países que van de México a China, ha convertido su cultura de empresa en su principal escaparate: mesa de billar, futbolín, diana de dardos, pimpón, gradas azules en semicírculo para reuniones y un gimnasio que comparte con otras firmas de la nave. El relato lo completan dos entradas de cine el día del cumpleaños y un
vale de 50 euros en Amazon al cumplir años de antigüedad.
La cosa no se queda en el ocio. En Softtek no hay empleados, hay «colaboradores»; no hay jefes, hay «líderes», conocidos internamente como coordinadores. El teletrabajo está integrado en la estructura: basta con
pisar la oficina una o dos veces por semana y, si hace falta, se puede solicitar reducción de jornada. La empresa insiste en que eso permite conciliar de verdad y pone ejemplos: una desarrolladora con once años en la compañía cuenta que, si un hijo enferma, no es ningún drama, porque las horas se recuperan sin volver a la oficina; un trabajador de contabilidad se llevó el portátil a Francia por un asunto familiar sin que nadie pusiera problemas. El texto que describe todo esto tiene, eso sí, más de catálogo de beneficios que de reportaje:
ni una cifra salarial, ni horarios, ni convenio.
Salario emocional: lo que cuesta el buen rollo
Nadie regala ambiente. Un participante lanza como contraargumento una cifra:
35k brutos anuales. No hay horquilla publicada ni banda salarial detrás del número, así que funciona más como recurso gremial que como dato contrastado. Resume, sin embargo, una sospecha razonable: lo que se ve (billar, gimnasio, cañas) es barato al lado de lo que no se ve, que es la nómina. El vale de 50 euros, el cine del cumpleaños o la cerveza del jueves entran en el capítulo del salario emocional, esa parte de la retribución que se paga en sensaciones.
Hay quien defiende que cuidar el clima es simplemente gestionar bien, y que un equipo que se lleva bien rinde más. En contra pesa un argumento incómodo: cuando el ambiente es el principal argumento de venta, suele estar tapando otra cosa. Según cuenta alguien que pasó por una empresa con este modelo, un 80% del personal vive muy bien del relato y el otro 20% echa más horas que el reloj. Es la parte que nunca sale en las fotos sonrientes.
¿Se puede decir no a las cañas del jueves?
Sobre el papel, las quedadas son voluntarias. En la práctica, hay quien sostiene que faltar se paga: quien no acude a las cañas de empresa, según un participante, es mirado mal. El mecanismo que se describe es previsible: primero las cañas del equipo, después la convención anual, después el fin de semana con los compañeros y las jornadas de cohesión. Lo que empezó siendo ocio acaba operando como criterio informal: quien participa se hace visible y quien no, también. La consecuencia lógica es que el tiempo de descanso termina convertido en tiempo de empresa.
Softtek le ha puesto nombres propios. Los «juevebes» son las cañas de los jueves, a las que no es obligatorio acudir aunque muchos acuden. Las «Softtekiadas» son competiciones deportivas entre sedes cuyo premio es un viaje a la Riviera Maya con los gastos pagados, con los días contabilizados como laborales y facilidades para alargar la estancia a buen precio. La compañía lo presenta como sentimiento de pertenencia; otra lectura, bastante extendida, es que el buen rollo funciona como sustituto del entorno social de cada cual, y que quien no entra en el juego paga un precio difícil de cuantificar.
De Everis a Metrópolis: el modelo que ya tiene nombre
Las comparaciones llegan rápido. Hay quien pregunta si se trata de una versión de Everis, tomada como referencia de este tipo de cultura. La etiqueta que aparece es otra: secta. También surgen imágenes clásicas, como la guardería corporativa con futbolín y actividades dirigidas, y el recuerdo de
Metrópolis, la película de 1926. Nada de esto es nuevo: cambia el envoltorio, no el mecanismo.
Las preguntas que conviene hacer ante una oferta así son de primero de curso: cuánto se paga, cuántas horas se trabajan de verdad, quién financia la formación y qué ocurre con quien no participa en el grupo. Uno de los participantes lo resume así: para tratar bien a un empleado basta con educación, medios y un sueldo revisado, sin necesidad de reclutarlo además para su círculo social.
Qué cabe esperar de este modelo
Mientras el coste de rotación siga siendo alto, las tecnológicas seguirán compitiendo con gimnasio, grada y cerveza. Mi impresión —y es solo una impresión— es que esta ola perderá fuelle por donde empezó: quien entra hoy en el mercado mide más el sueldo y el remoto total que el futbolín. Si eso se confirma, el buen rollo volverá a ser un extra y no el argumento principal.