Solo uno de cada cuatro españoles conversa en inglés
El
44% de los españoles reconoce que su nivel de inglés es bajo o muy bajo y solo
uno de cada cuatro se ve capaz de mantener una conversación en ese idioma, según una encuesta de Cambridge University que deja al país entre los peores de la Unión Europea. La paradoja no está en la falta de interés: aquí el inglés entra en el aula a los
3 años, dos cursos antes que en Italia, Portugal, Austria o Luxemburgo, y en secundaria lo cursa casi el
100% del alumnado. Doce años de asignatura para un resultado que no arranca.
La pregunta que ordena el asunto es incómoda: ¿se puede estudiar un idioma durante media vida escolar y no hablarlo? La respuesta es que sí, y tiene una explicación bastante pedestre.
¿Por qué se estudia inglés durante años y no se aprende a hablarlo?
Porque lo que se enseña es un conocimiento, no una habilidad. El grueso de la asignatura consiste en un conjunto de
reglas gramaticales y ortográficas, en conocer la estructura de la lengua. Alguien lo resume con una imagen que se repite: es como si, para aprender a hablar español, nos hubieran matriculado en
filología hispánica. Se sabe declinar un verbo irregular, pero el oído no está entrenado para reconocer ese mismo verbo cuando alguien lo pronuncia a velocidad real.
De ahí la tesis central que atraviesa toda la discusión: el lenguaje es una habilidad y las habilidades no se estudian, se entrenan. El entrenamiento que se propone es otro: preparar el oído para identificar sonidos, palabras y frases en un entorno de
bajo estrés, donde quien aprende entienda al menos la mitad de lo que escucha. Sin eso, el vocabulario y la gramática almacenados no se convierten en conversación.
El doblaje y la falta de oído: el factor que nadie mide
El diagnóstico más repetido pasa por la exposición. Un participante lo formula sin rodeos: eliminar el doblaje, sobre todo el de la programación infantil, y ver resultados en
cinco o diez años. La experiencia personal lo respalda: quien habla un inglés más que decente sin haber invertido demasiado tiempo ni dinero lo atribuye a haberse criado con
rock británico y americano de los setenta, diccionario en mano y sentido común, porque no había internet ni doblaje que valiera.
El contraargumento es que hoy cualquiera puede consumir series en versión original si le apetece, y que la programación infantil se dobla en prácticamente todos los idiomas. Hay además un detalle técnico que se cuela en la conversación: en algunas plataformas el audio se puede poner en inglés pero los subtítulos solo existen en español, lo que rompe el aprendizaje por lectura. Nada de esto convierte el doblaje en el culpable único, pero sí ilustra que la exposición al idioma sigue siendo excepcional y no cotidiana.
La hipótesis del idioma grande: por qué Holanda aprende y España no
Hay una explicación estructural que descoloca a quien busca culpables en el aula. El nivel de idiomas extranjeros suele ser mejor en países cuya lengua nadie habla fuera de sus fronteras:
Holanda, Suecia, Noruega, Dinamarca. Si tu idioma no te sirve para nada fuera, aprender inglés es una necesidad, no una asignatura. España, Francia, Rusia o Alemania tienen lenguas ampliamente habladas y potentes culturalmente, y eso rebaja la presión. En esa lógica, los peores niveles de idiomas extranjeros de Europa serían los de
Irlanda y Reino Unido, que no necesitan aprender nada.
La comparación se completa con el turista: no se exige a un británico que hable español para veranear en Alicante, y nadie le hace una encuesta sobre su nivel de castellano. La asimetría del esfuerzo es real y forma parte de la explicación, aunque no la agota.
Profesores con B2, present simple y nativos que no se contratan
El otro frente es el profesorado. Se argumenta que en la
educación pública no se contrata a docentes nativos como hicieron otros países (Países Bajos, Bélgica, Suecia, Finlandia, Croacia) y que al profesorado se le exige un
nivel B2, mientras la práctica pedagógica se limita a repetir el
present simple cada curso. La anécdota que da cuerpo a la crítica es la de un docente que pronunciaba «would» tal como se escribe y «listening» como «lichening».
La réplica no exculpa al profesor, pero desplaza el problema al idioma: el inglés tiene la gramática fácil, sin apenas conjugaciones ni casos, y en cambio mantiene una fonética disociada de su escritura. El caso de
ghoti, grafía imaginaria que se pronuncia igual que «fish» —gh de «laugh», o de «women», ti de «nation»— se usa como prueba de ese divorcio. La conclusión que se extrae es que algunas palabras hay que aprenderlas de memoria, porque no se deducen.
¿Y si el inglés no hiciera tanta falta?
Aquí el tono cambia. Se sostiene que la mayoría de los asalariados españoles no usa el inglés de forma habitual en su trabajo —el
80%, según un cálculo que circula en la discusión— y que, como cualquier habilidad sin uso, se pierde. Las horas invertidas acaban sirviendo para engordar el currículum y poco más. A eso se suma el argumento de que dominar el inglés se ha convertido en un marcador de posición histórica más que en una necesidad práctica, y la hipótesis de que la
traducción simultánea automática entre lenguas europeas ya funciona en el rango de «suficientemente bueno», lo que reduciría la presión de aprenderlo.
También hay quien recuerda que la autopercepción engaña: en las encuestas muchos declaran un nivel medio-alto tras haberse hecho entender en un viaje, y la cifra real de quienes podrían trabajar en inglés sería bastante menor.
Con traducción automática cada vez mejor, doblaje intacto y doce años de gramática, ¿el problema es el método, la necesidad o el propio idioma?