Por qué el carlismo vasco se convirtió en abertzalismo
En 1970, según el planteamiento que abre esta discusión, el interior del País Vasco era un bloque de tradicionalismo, cruces de Borgoña y misa diaria, con un 100% de población católica. Diez años después, ese mismo paisaje aparecía descrito como comunista, antifranquista y nacionalista. El dato que remata la tesis: hoy el País Vasco es la comunidad con menos matrimonios católicos de España, en torno a un 10%. La pregunta no es menor: ¿cómo se pasa de dar un hijo a los Tercios de Requetés a votar a la izquierda abertzale en una sola generación?
No hay una causa. Hay un choque de varias.
El Concilio, la Teología de la Liberación y los curas obreros
La primera hipótesis que se maneja apunta al realineamiento de buena parte de la Iglesia española en los años sesenta. El Concilio Vaticano II, la Teología de la Liberación y el giro de sectores jesuitas habrían empujado a los párrocos vascos hacia posiciones sociales radicalizadas. En una zona con muchos fieles, el destrozo habría sido proporcional al tamaño del rebaño.
Se argumenta que el vasco hacía lo que le decían sus mujeres, y sus mujeres lo que les decían los curas. Si el cura cambia de bando, cambia el pueblo entero. La clave no sería ideológica sino de autoridad: quien mandaba en la parroquia mandaba en la casa.
Montejurra y la ruptura del carlismo
El segundo factor es político y tiene fecha. El decreto de unificación de carlistas y falangistas en FET-JONS, la elección de Juan Carlos como sucesor de Franco en lugar del heredero carlista y los sucesos de Montejurra en 1972 dejaron al carlismo de facto dividido entre un Partido Carlista escorado a la izquierda y una Comunión Tradicionalista de derechas.
Hay quien sostiene que el carlismo de Carlos Hugo no era más que Teología de la Liberación con toques separatistas, y que su ruptura con la rama fiel a los principios tradicionalistas abrió la puerta a que la militancia joven buscara otro carril. Ese carril acabó siendo el abertzalismo.
¿Fue un cambio ideológico o un cambio de élites?
Una tesis recurrente en el análisis compara el fenómeno con la Reforma protestante del siglo XVI: detrás de toda herejía religiosa o ideológica habría un conflicto político donde unas élites quieren derrocar a otras. El pueblo no cambia de fe; cambia de pastor cuando cambia el pastor que paga.
En contra pesa el argumento de que la izquierda abertzale no es más que una herejía del carlismo, y que el PNV ya pastoreaba a la mayoría vascongada durante la Segunda República. Los marxistas separatistas habrían estado agazapados durante el franquismo y habrían reaparecido al morir el Caudillo. La continuidad no sería del carlismo al abertzalismo, sino del nacionalismo vasco consigo mismo.
La industria, la inmigración y el cambio social
Ningún análisis puramente ideológico explica el fenómeno sin la variable económica. Entre 1950 y 1980 las zonas industriales del País Vasco se llenaron de clase obrera llegada de fuera. No se puede llenar de obreros una cuenca industrial y esperar que todo siga igual: los hijos y nietos de esos inmigrantes, ya integrados, juegan un papel nuevo en la sociedad.
Ese mismo proceso, según se apunta, estaría empezando a repetirse ahora en sentido inverso. La sociedad vasca de 1970 no era estática; era la última foto de un mundo que ya estaba cambiando por debajo.
El exterminio del carlismo disidente
Una de las lecturas más incómodas del periodo sostiene que el carlismo fue literalmente desarticulado entre dos fuegos. Por un lado, la presión del aparato del Estado; por otro, la violencia de ETA contra militantes y cuadros carlistas a mediados de los setenta, en un acoso y derribo que dejó sin relevo a una parte del tradicionalismo guipuzcoano.
El caso de don Luis Olarra se cita como la excepción, no como la norma. Si el carlismo hubiera sobrevivido como fuerza organizada, el mapa político vasco de los ochenta habría sido otro.
El resultado: un PNV que muere de éxito
El PNV ha muerto de éxito, o de empacho de nueces. Su autogobierno se ha convertido en una gran empresa ultraburocratizada que antaño gestionaba razonablemente bien, base de su éxito electoral, pero que ya muestra desgaste tras casi medio siglo de poder casi ininterrumpido. Bases envejecidas, poco recambio generacional y un partido alejado tanto del independentismo como de su herencia tradicionalista.
La icurra sabiniana, con la cruz blanca cristiana y la cruz verde de Borgoña, resume esa tensión: Dios, Patria, Fueros, Rey conviviendo con un aparato de gestión autonómica. El eslogan de una televisión pública autonómica, con la palabra MATRIA como reclamo, da la medida del desplazamiento semántico.
Queda el dato que descoloca. La tesis del borreguismo explica el cambio de bando, pero no explica por qué el rebaño cambió de pastor justo cuando el pastor cambió de misa. Y la tesis de las élites explica el cambio de pastor, pero no por qué el rebaño lo siguió sin un solo motín.