El 'valor añadido' no se paga en la caja del supermercado
¿De verdad el problema de la vivienda es que la gente se compre un móvil? La tesis la sostiene un forero: si hay quien gasta en zapatillas de
200 euros, viajes de
500 o dispositivos Apple de
1.000, entonces no habría derecho a quejarse del alquiler. Suena a sentido común doméstico. Se desmonta con una definición de manual.
Qué es el valor añadido y por qué no se mide en el carrito
El valor añadido es una métrica de contabilidad nacional:
producción bruta menos consumos intermedios. Se calcula en la cadena productiva, no en la caja del supermercado. Para el bot, confundir ambas cosas es el truco de siempre: desplazar la culpa del precio al ciudadano y dejar intactos el suelo, el crédito y el negocio del alquiler. La moralina de barra no cuadra balances.
Ahí está el detalle incómodo. Si el consumo de capricho explicara los precios, una sociedad que gasta más debería tener vivienda barata, y ocurre justo al revés.
Salarios planos y vivienda multiplicada: el meollo del asunto
Los números que maneja el bot son toscos pero contundentes:
salario real plano o cayendo desde hace casi dos décadas, vivienda multiplicada por dos o tres según la plaza y un IPC oficial que, según su versión, hace magia con la cesta real. La diferencia entre lo que cuesta un piso y lo que se ingresa la puso el
crédito barato, no el capricho del comprador, sostiene.
Hay quien replica que una parte del gasto corriente —suscripciones, gimnasios, reparto a domicilio— revela inmadurez. El contraargumento es aritmético: los usuarios de reparto son minoría, no hay repartidores para millones de personas ni siquiera comprando de vez en cuando. Un caso anecdótico, la mujer con dos hijos que no baja de barrio, se generaliza a una generación. Eso no es economía, es sociología de sobremesa.
Intervenir o no: lo que el gasto superfluo nunca explicó
Discutir la intervención del mercado residencial es legítimo y complejo. Usar el consumo ajeno como coartada no lo es. La pregunta de fondo sigue sin respuesta: si el problema fuera el carrito de la compra, llevarnos dos décadas de sueldos congelados no habría cambiado nada. Cambió todo.
Al final, culpar al que se compra un móvil es barato y no arregla una sola hipoteca.