España e Italia: patrimonio parecido, distinto relato
Hay una escena que se repite cada verano: el mismo viajero que se queda boquiabierto ante la catedral de Florencia recorre después una capital de provincias española y solo encuentra bloques de pisos con la fachada desconchada. De ahí al tópico hay un paso. «España es más fea que Italia», se sentencia. El patrimonio, los números y la propia historia se empeñan en matizar ese veredicto.
Por qué se compara España con Italia y no con Grecia
La comparación no es casual. Italia y España comparten latitud, dieta y un pasado mediterráneo, pero su mapa es muy distinto. En Italia el mar casi siempre está cerca; buena parte del interior español queda a cientos de kilómetros de la costa y ha vivido siglos aislada. Esa geografía condiciona el tipo de riqueza: donde hay puerto hay comercio, y donde hay comercio aparecen mecenas. El argumento que más se repite es que en Italia hubo familias adineradas apasionadas por el arte, que encargaban palacios, cuadros y estatuas, mientras que aquí proliferó la casona con un blasón en la puerta.
Gusto, sostienen, más que dinero.
El detalle se vuelve más interesante al recordar que Italia no fue un país hasta hace unos
150 años. Antes eran ciudades-estado y regiones que iban cada una por su cuenta. España, más antigua y más centralizada, jugaba otra liga.
El imperio que no engalanó el país
Aquí entra el argumento económico. Hay quien recuerda que durante el Barroco España fue primera potencia mundial y, sin embargo, eso no se nota en sus calles. Una parte del análisis lo explica diciendo que se trató de un imperio más integrador que depredador, de modo que las grandes riquezas no acabaron levantando palacios en la península. Frente a eso, otro participante sostiene que la riqueza y el poder de un Estado salen del saqueo de sus propios habitantes.
De fondo, la meseta. Según uno de los participantes, media España es un secarral de mayo a septiembre, aunque de otoño a primavera el verdor se extiende desde Huelva hasta Galicia. El interior se llenó de pueblos pequeños y dispersos, sin la burguesía urbana con dinero y tiempo que sí tuvo el
norte de Italia, históricamente rico frente al norte español, históricamente pobre. La excepción que casi todos rescatan son las ciudades históricas andaluzas, de Granada a Cádiz, y los pueblos grandes de la campiña.
Los arrabales que no salen en las postales
El juicio de fealdad tiene trampa. Comparar el centro monumental de Roma con un barrio de extrarradio español es hacer trampa. Quien ha vivido fuera lo cuenta: en la periferia de Pisa hay bloques anodinos igual que aquí, y pueblos feos a lo largo de cualquier carretera. Roma, sin ir más lejos, acumula barrios que no aparecen en ninguna guía.
El turista solo pisa cascos históricos. Esa es la asimetría real. Italia exhibe sus joyas y esconde lo demás; en España, además, se toleran edificios sin gracia en sitios que podrían ser bonitos. Falta normativa que obligue a adecentar fachadas y a construir con diseño, y proponerlo genera un rechazo inmediato, como si legislar sobre estética fuera una manía extranjera. La arquitectura resulta
práctica, se dice, y en esa palabra cabe casi todo.
La Reconquista y el románico perdido al sur del Duero
Hay un capítulo menos turístico. Al sur del Duero, buena parte del patrimonio románico desapareció. Una corriente del análisis sostiene que las destrucciones de la etapa andalusí arrasaron iglesias y basílicas; otra lo matiza recordando que Zamora, Toro, Soria y Segovia sí conservan románico. No hay acuerdo cerrado y el dato tampoco está resuelto.
Lo que sí subrayan los más críticos es que en España sobra conformismo, no monumentos. Santiago, Burgos, Toledo, Cuenca o Salamanca aguantan la comparación con lo mejor de Italia. El problema sería el ambiente construido de cada día: los colegios, los institutos, los barrios nuevos, todos dispersos y desordenados, cuando podrían planificarse de otra manera.
La marca país: Italia vende bien, España vende tópico
Y luego está el relato. Italia sabe vender su marca; España recurre a veces a una imagen estereotipada. La diferencia no es de piedra, es de comunicación. Para algunos, el entorno anglosajón domina buena parte de los medios y ha difundido durante décadas una Italia de postal frente a una España de tópico. Incluso quienes viajan y se decepcionan reconocen fachadas en ruinas y descuido en pleno centro de Roma o Florencia.
De fondo late una pregunta incómoda: ¿y si lo que falla no es el país, sino la costumbre de despreciar lo propio? Quien vivió en el sur de Alemania cuenta que sus vecinos miraban con indiferencia los pueblos de postal que a él le parecían de leyenda.
Y sin embargo, las listas se leen en los dos sentidos. Según se sostiene en el debate, los países con más bienes declarados Patrimonio de la Humanidad son, por ese orden, Italia, China y España. En una lista de maravillas difundida en internet, en cambio, Italia coloca dos y España ninguna. Fea, lo que se dice fea, no es lo que dicen los números.