Nadie se pone de acuerdo sobre quién desciende de Roma
La pregunta de qué pueblo es el más cercano al pueblo romano es una caja de truenos. La respuesta que ha cuajado en el relato común —Grecia custodia la herencia del Imperio romano de Oriente, Italia la del clásico— se resquebraja en cuanto se mira el mapa lingüístico y el genético. Porque el latín, ironías de la historia, sigue vivo en Bucarest antes que en Atenas.
El punto de partida es una intuición incómoda: si los bizantinos eran los romanos de Oriente, los griegos actuales serían herederos directos. La cadena tiene eslabones flojos. Entre ellos, que la Roma imperial fue, desde muy pronto, un crisol tan heterogéneo como cualquier gran urbe imperial.
Surgió de la mezcla de latinos y etruscos, sostiene una de las corrientes del análisis, y nunca dejó de absorber pueblos.
Qué idioma se parece más al latín
Si el criterio es la lengua, el podio no admite muchas dudas: cualquier pueblo de habla romance va por delante, y el italiano se lleva la palma como el más cercano al latín clásico. Ahí aparece un candidato que casi nadie tiene en la quiniela: el rumano. Rumanía, periferia olvidada y luego zarandeada, conserva una estructura latina que ni el griego ni las lenguas germánicas pueden reclamar.
Los idiomas no lo son todo. Hay quien defiende que el ethos cultural romano —despotismo, caudillismo, sacralización del poder— emigró con las reformas imperiales y acabó anidando en sitios que nadie llamaría latinos. La comparación se estira hasta Japón, y no siempre con mal criterio.
El ADN no reparte diplomas
Cuando el foco pasa a la genética, el terreno se vuelve resbaladizo. Un cálculo que circula entre los análisis cifra la herencia griega clásica actual
en torno al 50-60%, y hasta el 70% según las zonas. El mismo cómputo apunta a un componente túrquico evidente, también visible en la gastronomía. La historia ayuda a entenderlo: tras la guerra greco-turca de principios del siglo XX y el intercambio de poblaciones,
casi 300.000 griegos de Anatolia fueron masacrados y cientos de miles huyeron en masa.
Para otros, el reducto menos contaminado no está ni en Grecia ni en Italia, sino en islas que llevan siglos fuera del radar. Cerdeña, por ejemplo, donde apenas ocurrió nada relevante en dos milenios.
De Diocleciano a Moscú: cuándo dejó Roma de ser Roma
Hay un punto en el que todas las posiciones coinciden sin querer: Roma dejó de ser Roma en algún momento, y nadie fija la fecha igual. Las reformas de Diocleciano, con la sacralización del emperador, la postración y las cortes de eunucos, apuntan a un ethos cada vez más oriental —algunos dicen persa—. La helenización que ya escandalizaba a Catón el Viejo sitúa el cambio mucho antes.
La pregunta lleva dos mil años sin respuesta.
«Buscas en Roma a Roma, oh peregrino, y en Roma misma a Roma no la hallas», escribía un poeta. El Vaticano se ofrece como el Estado más parecido; Constantinopla y Moscú se pelean el testamento; hasta los califas omeyas reclamaron el manto. El camarero de un cuento de Alberto Moravia lo resumió en una frase: no somos como los romanos, somos los mismos.
¿Y si la respuesta correcta fuera que Roma ya no existe en ningún sitio, y por eso todos pueden reclamarla?