Por qué Caesaraugusta no es la marca turística de Zaragoza
¿Puede una ciudad llevar el nombre de su propio fundador y no sacarle partido? Zaragoza lo hace. Nació como Caesaraugusta, fundada por Augusto, y para una parte del análisis esa coincidencia —el nombre del emperador incrustado en el topónimo— es el activo turístico peor explotado de la comunidad. El detonante es una imagen: una estatua de gran formato de Augusto en el interior de un centro comercial, cuya factura artística se discute.
No es la única. El patrimonio romano de la ciudad existe, pero repartido y con poca vitola. Hay quien recuerda que
junto a las murallas romanas hay otra estatua de Augusto, un regalo de Mussolini, y que el original de la pieza más célebre se conserva, según estos análisis, en los Museos Vaticanos. Es decir: la capital presume menos de Roma de lo que su propio nombre promete.
¿Dónde están las estatuas de Augusto en Zaragoza?
La discusión cifra el problema en tres ubicaciones. La primera, la estatua de gran tamaño dentro de un recinto comercial, que un análisis describe como copia del original con tamaño superior al natural y que otro despacha como
reproducción sin valor patrimonial. La segunda, la que acompaña a las murallas romanas, de escala muy modesta —
un metro, en un rincón, según la crítica— y por tanto casi invisible para el visitante.
La tercera es la pieza estrella que nadie ha colocado: la que, para el planteamiento inicial, debería presidir una plaza céntrica. La referencia que se maneja es el
Coloso de Rodas, y la cifra que se lanza, una estatua de
50 metros dedicada a Augusto como hito turístico mundial. Hoy no hay nada parecido.
El segundo olvidado: Fernando el Católico
El diagnóstico se extiende a otra figura. Fernando el Católico tiene
una estatua en la Plaza de San Francisco, al inicio del paseo que lleva su nombre, y nació en
Sos del Rey Católico. Pese a ello, se sostiene que su papel —la unión dinástica de Castilla, Aragón y Navarra, articulada en parte mediante bulas papales— no aparece en el relato urbano con la fuerza que su peso histórico exigiría. La más grande dedicada a un monarca aragonés sería, en cambio, la de Alfonso el Batallador en el Parque Grande.
La tesis de fondo es cultural: la ciudad habría apostado por un imaginario devocional y costumbrista y habría dejado en segundo plano las señas de identidad grandiosas —Roma, el Imperio, la Monarquía— con las que, según esta lectura, podría proyectarse ante el turista.
¿Es desaprovechamiento o un problema de escala?
El contraste es claro. Frente a quienes ven un desprecio sistemático por el legado romano, hay una objeción técnica: una reproducción encargada por un establecimiento comercial no equivale a una pieza histórica, y del original solo hay copias. Sobre esa base, patrimonializar una estatua de centro comercial es construir identidad sobre yeso.
Y ahí está el nudo: Caesaraugusta como marca suena a oro y, de momento, se queda en la vitrina de un parking.
Fascinante.