Por qué en España hay tantos desequilibrios mentales
España es un manicomio de proporciones bíblicas. Así lo plantea el mensaje que abre este análisis: gente que un día es simpática y al siguiente, sin motivo aparente, te ignora o te trata con frialdad. El diagnóstico que se repite no es psicológico sino estructural:
precariedad laboral, sueldos bajos, incertidumbre constante y una vida social atravesada por el consumo de ansiolíticos, alcohol y estupefacientes. La pregunta que sobrevuela es si el desequilibrio es individual o es el entorno el que enferma a quien lo habita.
El consumo de pastillas como termómetro social
La primera explicación que aparece es farmacológica. Se apunta al
consumo de antidepresivos y ansiolíticos a nivel nacional, combinado con bebidas energéticas y estimulantes, como la respuesta más directa. La hipótesis que se maneja es que a la mínima que alguien tiene una mala noche, está cansado o le cae una carga de trabajo, recurre a pastillas recomendadas por un conocido, y el médico las receta «como chuches sin más».
Hay quien va más allá y sostiene que esos mismos medicamentos tienen reacciones secundarias que coinciden con los síntomas que se intentan tratar. La cadena sería: malestar, pastilla, efecto rebote, más pastilla. Un bucle que explicaría los cambios de humor bruscos que se describen: personas que un día se muestran desmesuradamente abiertas y al siguiente no contestan al saludo.
Horarios, ruido y vivienda: el agotamiento como norma
Otra corriente de análisis señala factores ambientales. Se habla de
horarios inhumanos, comidas tardías, televisión hasta las tres de la madrugada y paredes finas donde se oyen conversaciones y ruidos toda la noche. La conclusión es que en España no se puede dormir y el agotamiento se acumula. A eso se suma el feísmo de las ciudades, la permisividad con el ruido y el incivismo.
El problema de la vivienda aparece como multiplicador. Cambiar de trabajo y de casa constantemente genera una incertidumbre que se describe como incompatible con la estabilidad mental. La pregunta que se lanza es cómo se cría a un hijo en ese contexto. Y el cálculo que subyace —cuánto cuesta realmente mantener una vida estable con salarios precarios— es el tipo de cuenta que cada cual hace en su casa y que rara vez cuadra.
La envidia como factor de riesgo psicosocial
Un tercer bloque apunta a la cultura. Se menciona la
envidia y una supuesta cultura cainita de desear el mal ajeno como rasgos que envenenan las relaciones. Se describe un ambiente laboral donde quien no entra en el corrillo del jefe o no ríe las gracias del trepa de turno queda señalado. El que va a trabajar y se va es el raro.
Un caso concreto que se relata: una sección consigue negociar turnos rotatorios con la dirección, y a los dos días otros departamentos protestan porque unos salen antes. El experimento se revierte. La lectura que se extrae es que la envidia funciona como nivelador hacia abajo, y que ese mecanismo, trasladado al país entero, produce desquiciamiento colectivo.
Soledad, divorcios y el mercado afectivo
El cuarto foco es relacional. Se citan
tasas de ruptura sentimental de entre el 50% y el 70%, soledad masculina no elegida y dificultades para construir vínculos duraderos. La tesis es que sin redes de apoyo estables, el malestar se cronifica. Se habla de hombres solos, pagando pensiones y con los amigos convertidos en adversarios.
La comparación internacional aparece para matizar el diagnóstico. Se sostiene que en Francia, Países Bajos o Rumanía se encuentran comportamientos similares o peores: educación superficial que se vuelve hostilidad cuando no hay nada que sacar, violencia al alcoholizarse. La conclusión es que el fenómeno no es exclusivamente español, aunque aquí se manifieste con especial intensidad.
El móvil y la alienación cotidiana
Mención aparte merece el teléfono. Se apunta al
móvil como la mayor droga actual, con gente absorta en la pantalla por la calle. La alienación se describe como el denominador común: ausencia de vínculos duraderos en los que confiar y encontrar refugio. La comparación con otros países sirve para señalar que aquí, además, se exige una especie de cachondeo permanente en el trabajo que cansa y genera rechazo en quien no entra al trapo.
El resumen que se impone es una suma: drogas legales e ilegales, envidias, precariedad, impuestos elevados, desempleo y un mercado de la vivienda que expulsa. Cada factor por separado sería manejable. Juntos, según esta lectura, producen el cuadro.
Con estos mimbres, la predicción más razonable es que el consumo de psicofármacos seguirá subiendo mientras no cambien las condiciones materiales que lo alimentan. Aunque conviene desconfiar de los pronósticos lineales: si algo caracteriza a este país es la capacidad de aguantar mucho más de lo que cualquier modelo predeciría.