Por qué hay españoles que odian la playa (y no es por el sol)
España presume de uno de los litorales más extensos de Europa y de un clima que empuja a la toalla. Y sin embargo, una porción creciente de la población ha convertido la playa en símbolo de todo lo que detesta del verano. No es una manía sin motivo: la masificación de agosto, los precios de temporada y la rutina de la toalla y el tupper han transformado el paraíso en una prueba de resistencia.
El agosto que nadie quiere recordar
Los que critican la playa no suelen ir contra el mar, sino contra su versión más comercial. La del sábado de agosto, con la arena incrustada, los niños ajenos, la música del vecino y el agua turbia. La alternativa existe: mayo, junio y septiembre ofrecen un clima más soportable, menos gente y otra relación calidad-precio. Quien ha probado ambas versiones rara vez vuelve a elegir la primera.
La economía de lo gratis
La playa es pública y gratuita, pero disfrutarla cuesta. Desplazamiento, aparcamiento, el chiringuito que aplica tarifa de secuestro y, en muchos puntos, la sorpresa del alquiler de sombrillas. Para el que vive cerca, esquivar la feria es sencillo: a quince minutos andando se puede no pisar la arena en todo el año. Para el que llega del interior, el día de playa se convierte en una inversión con retorno dudoso.
Queda la pregunta incómoda: ¿odiaba usted la playa o odiaba solo la que le tocó probar? Ahora, con los datos encima de la mesa, la respuesta ya no parece tan simple.