El caos de entreguerras
Efectivamente, a finales de los años veinte el nuevo sistema se vino abajo.
La Reserva Federal se enfrentaba a un doble desafío.
Por un lado, Estados Unidos estaba pasando por una ligera crisis económica. La Reserva Federal, temerosa de que se produjera una escasez de dinero, aumentó su ritmo de emisión de moneda.
Por otro lado, el banco central inglés se había negado, por motivos políticos, a una necesaria subida de sus tipos de interés. Debido a este tipo de interés artificialmente bajo en Inglaterra, los inversores ingleses preferían tener su dinero en dólares en vez de en libras esterlinas. En consecuencia, se estaba produciendo una gran salida de oro desde Inglaterra hacia Estados Unidos. Para intentar echar una mano a los ingleses, la Reserva Federal decidió imprimir todavía más dinero, que rebajaría el tipo de interés en Estados Unidos hasta situarlo a niveles cercanos a los de Inglaterra. Con tipos de interés parecidos a ambos lados del Atlántico, se acabó la fuga de oro. Pero los problemas acababan de empezar.
La enorme liquidez que la Reserva Federal había inyectado al mercado fue a parar, en gran medida, a los mercados financieros. Con enormes cantidades de dinero barato, los inversores compraron acciones de las empresas líderes en las nuevas tecnologías: automóviles y radio, principalmente. Los índices bursátiles se dispararon. Se estaba creando riqueza de la nada pero los expertos aseguraban que los enormes beneficios bursátiles se correspondían perfectamente con la envidiable situación de la economía real. La realidad era bien distinta, se trataba de una inmensa burbuja financiera. Las acciones de la RCA, por ejemplo, pasaron de 1,5 $ en 1921 a 141 $ en 1929. El 3 de septiembre de 1929 se alcanzó el máximo en Wall Street. La Reserva Federal quiso detener la burbuja parando en seco la expansión monetaria, pero ya era muy tarde y la reventó. Del 24 al 29 de octubre se produjo la caída en picado de la bolsa.
El presidente Herbert C. Hoover primero, como Franklin D. Roosevelt después, intentó frenar la crisis a fuerza de políticas intervencionistas. La crisis se agudizó y se esparció por el mundo. En 1931, Inglaterra abandonó completamente el patrón oro. En julio de 1932, el índice Dow Jones había perdido el 90% de su valor desde los máximos de 1929 y tardaría todavía un cuarto de siglo en recuperar esos niveles. El PIB americano cayó un 60% respecto a 1929 y más de 4.000 bancos cerraron.
En 1933, Roosevelt decidió acabar con la convertibilidad de los billetes de la Reserva Federal para los ciudadanos americanos. Esto es, desde entonces sólo los gobiernos y bancos mundiales podrían cambiar los billetes de la Reserva por oro. Se llegó al extremo de prohibir a los americanos poseer oro. En 1934 Estados Unidos readoptó el patrón oro, pero no a 20 dólares por onza sino a 35.
Los dólares ya no salían a raudales de Estados Unidos. Uno de los países más dependientes de esos dólares era Alemania, que todavía se estaba recuperando de la devastación de la Gran Guerra. La economía teutona no podía dar abasto a sus propias necesidades de reconstrucción ni a las obligaciones de pago que le habían impuesto los vencedores. El gobierno alemán había decidido, en la década anterior, imprimir marcos a lo orate. En poco tiempo, carretillas llenas de billetes de varios millones de marcos eran insuficientes para comprar productos básicos. Esto ya no era inflación, sino hiperinflación. La economía alemana se colapsó a principios de la década de 1920. Con una divisa que no valía nada, obviamente, no había forma de pagar las deudas a los vencedores de la Gran Guerra. Así que tras la devastadora hiperinflación vino el impago de la deuda.
Conscientes del error que había supuesto la impresión sin ton ni son de moneda, los bancos centrales se ciñeron a una política monetaria muy restrictiva. O sea, dieron tal golpe de timón que pasaron de la inflación a la deflación. Los alemanes, desesperados de tantos estragos económicos, votaron a Adolf Hitler para que les trajera tranquilidad y prosperidad.
El invento de Génova se había hecho trizas. Las potencias habían abandonado el patrón oro. La crisis económica, el paro y la deflación parecían imparables. Sin las restricciones del patrón oro, las economías, incapaces de competir entre sí económicamente, emprendieron el camino de las devaluaciones competitivas. Es decir, redefiniendo constantemente su propia divisa a la baja, cada país intentaba abaratar así sus productos para poder exportarlos más fácilmente y así estimular su producción nacional, frenando el paro y la deflación. Pero la situación siguió empeorando hasta que estalló una nueva guerra mundial.
Bretton Woods
Cuando los Aliados vieron que tenían la guerra ganada, empezaron a diseñar planes para el sistema financiero internacional que habría de establecerse en la posguerra.
El plan inglés fue obra del economista Lord John M. Keynes, el americano fue obra de un alto funcionario del Tesoro llamado Harry D. White. Para cuando la guerra terminó, en 1945, el PIB americano representaba la mitad de toda la producción mundial. No podía haber discusión, se aplicaría el Plan White.
Entre otras cosas, el Plan White implicó la creación del Fondo Monetario Internacional. A diferencia de lo que podrían hacernos cree los actuales grupos antiglobalización, que tanto protestan contra el FMI, White no era un apasionado del liberalismo a ultranza. Muy al contrario, ya en la década de 1940, el FBI le investigó por colaboración con el Partido Comunista americano. De hecho, documentos internos de la KGB que salieron a la luz en 1999 han desvelado que White era uno de los más importantes activos de la Unión Soviética en Estados Unidos. Éste fue el padre de la criatura.[6]
En las conferencias celebradas en Bretton Woods a mediados de 1944, las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial redefinieron el sistema monetario internacional aplicando el Plan White. Básicamente, la idea consistía en recuperar el esquema de Génova, aunque se suprimía la pirámide intermedia de la libra. Esto es, todas las divisas serían convertibles en dólares y sólo el dólar sería convertible en lingotes de oro a razón de 35 dólares por onzas para los gobiernos extranjeros.
La Reserva Federal reinició su política de emitir dólares alegremente. Mientras tanto, Europa y Japón, aplicando políticas más sensatas, se recuperaron y la balanza comercial comenzó a inclinarse en contra de los Estados Unidos. Esos países se encontraron con que sus reservas nacionales se estaban llenando de dólares sobrevaluados que habían adquirido vendiendo sus productos a Estados Unidos. No puede sorprende su reacción: empezaron a vender dólares a la Reserva Federal a cambio de lingotes de oro. Lo poco que quedaba del patrón oro siguió actuando: el banco emisor irresponsable tenía que despedirse de su oro. Las reservas de oro de la Reserva Federal, que tras la Segunda Guerra Mundial estaban valoradas en 20 mil millones de dólares, se vaciaron hasta los 9 mil millones.
Pero, a medida que las ventas de dólares hacían subir la demanda de oro; en los mercados internacionales de oro, principalmente Londres y Zurich, en precio del metal precioso iba subiendo. A la Reserva Federal le resultaba cada vez más difícil mantener el cambio de 35 dólares por una onza de oro.
La caída de Bretton Woods
En marzo de 1968, Estados Unidos decidió acabar con la pérdida incesante de oro. El remedio que se aplicó consistió en el compromiso de todos los bancos centrales a no comprar ni vender oro en los mercados libres. Esto es, las reservas de oro de los bancos centrales y todo el demás oro del mundo funcionarían en compartimentos estancos, jamás se mezclarían. Así, confiaban, la Reserva Federal dejaría de perder oro y el precio mundial de la onza de oro volvería a niveles muy por debajo de los 35 dólares. Se equivocaron a lo grande.
La Reserva Federal seguía inflando el dólar así que su valor en los mercados iba cayendo mientras el oro se apreciaba. A principios de 1973, una onza de oro se cambiaba en los mercados internacionales por 125 dólares.
Los bancos centrales europeos amenazaron con vender gran parte de los inútiles dólares que tenían en sus reservas a cambio de oro, contraviniendo el acuerdo. Así que, el 15 de agosto de 1971, por orden del presidente Richard M. Nixon, el dólar dejó de ser convertible en lingotes de oro incluso para gobiernos y bancos centrales extranjeros. Fue el golpe de gracia al patrón oro.
La crisis del dólar
Durante todo el siglo XIX, con veinte dólares se podía adquirir lo mismo que con una onza de oro. En la primera década del siglo XX se empezó a pervertir el patrón oro y, con sólo veinte años, en 1934, el valor del dólar se había dilapidado de tal forma que hacían falta treinta y cinco para comprar una onza. Cuando, a mediados de siglo, Jacques Rueff abogó por el retorno al patrón oro con la paridad de una onza por setenta dólares, el doble que el cambio oficial en ese momento, se consideró que el precio era ridículamente alto, que no podían pedirse tantos dólares por una simple onza de oro. Pero el valor del dólar respecto del oro siguió cayendo. Hoy, en los mercados internacionales, no bastan 400 dólares para comprar una onza de oro. Es decir, en los últimos cien años, el dólar ha perdido, en términos de oro, el 95 % de su valor.
Esta bestial destrucción del dinero se aceleró con la decisión de Nixon de romper el último lazo entre el oro y el dólar. Obviamente, en el mercado predominaron los que quisieron deshacerse a toda prisa de sus dólares para poder comprar activos cuyo valor no se degrade tan rápidamente. El oro, el petróleo y otros activos vieron como su precio se disparaba en dólares. La inflación del dólar llegó a los dos dígitos.
Curiosamente a esto no se le llamó “la crisis del dólar” sino “la crisis del petróleo”.
Estanflación
Cuando se financió el enorme gasto público a fuerza de imprimir más dólares no respaldados, estos perdieron su valor rápidamente. Para frenar la inflación, los gobiernos impusieron todo tipo de restricciones y controles de precios y salarios. El estancamiento económico se vino a sumar a la inflación. Así se creo un neologismo adefesio de cuidado: estanflación. Entre otras cosas, la estanflación dejaba en evidencia los errores de la teoría keynesiana, que había dado por hecho que inflación y estancamiento no podían darse al mismo tiempo.
La crisis de la deuda
Con unas economías occidentales al pairo y una abundancia de dólares, los bancos se encontraron con que nadie les pedía préstamos para nuevas inversiones. Esta circunstancia fue aprovechada por los gobiernos de los países pobres. Por fin, podrían conseguir dinero a bajo coste y, encima, el mundo desarrollado parecía aquejado de agujetas. Ahora podrían recortar distancias.
Tristemente, esos gobiernos no dedicaron los préstamos a empresas productivas que permitieran desarrollar sus países. Muy al contrario, en gran medida, esos fondos fueron a parar a cuentas privadas de los altos funcionarios de esos países. Otra parte muy considerable fue destinada a gastos militares.
A principios de la década de 1980, Occidente empezó a levantar cabeza. Con la reactivación económica, las empresas volvieron a pedir préstamos a los bancos y los tipos de interés volvieron a subir.
Fue un amargo despertar para los países pobres. Después de una década desaprovechando préstamos, llegaba la hora de pagarlos. El saldar una deuda cuando los tipos de interés están en plena escalada, es complicado. Que, encima, no se haya usado el dinero para producir la suficiente riqueza con que devolverla, hace imposible el pago. Méjico fue el primero en reconocer lo evidente: no podía pagar la deuda.
Desde entonces, el caso se ha repetido en multitud de países. En algún país el gobierno decide echar mano de la máquina de emitir dinero y acaba con la curiosa combinación: cada vez más billetes pero menos riqueza.
Todo el periodo de la crisis de los 70 nos dejó una valiosa enseñanza que Carl Menger ya había explicado un siglo antes. El dinero no es una cantidad que pueda generarse o imprimirse a partir de la nada y por decreto, sino una cualidad -la liquidez- que el mercado descubre en los bienes y en los activos. La liquidez consiste en no sufrir pérdidas de valor (o pérdidas de tiempo) al desprenderse de cantidades incluso enormes de un bien. Bien el dinero mercancía, bien los activos monetizables, han de ser aquellos que constituyen o representan los bienes más deseados por el mercado. Aquellos con una demanda más amplia, estable y permanentemente insatisfecha.
Inexorablemente, la abusa de esta ley significa tener que pagar el precio de las recesiones. Que sean “deflacionarias” o “inflacionarias” sólo dependerá del activo que tomemos como referencia para expresar los precios. [7]
Para saber más
GÓMEZ RUIZ, Jesús. “Errores en la teoría monetaria actual”. La Ilustración Liberal. Número 9. Septiembre 2001. Pág. 109-126.
GREENSPAN, Alan. “Gold and Economic Freedom”, 1966 en RAND, Ayn. Capitalism: The Unknown Ideal. Signet Books, 1967. New York.
MENGER, Carl. “Teoría del dinero” en Principios de Economía Política. Unión Editorial. 1997 [1871]. Pág. 319-349.
MISES, Ludwig von. Gold versus Paper.
ROTHBARD, Murray N. What Has Government Done To Our Money? Ludwig von Mises Institute, 1990.
ROTHBARD, Murray N. The Case Against The Fed. Ludwig von Mises Institute, 1994.
VÁSQUEZ, Ian. “Hay que cerrar el FMI”. La Ilustración Liberal. Número 1. Febrero-Marzo 1999. Pág. 49-56.
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[1] Ver GREENSPAN, Alan. “Gold and Economic Freedom”, 1966 en RAND, Ayn. Capitalism: The Unknown Ideal. Signet Books, 1967. New York. Pág. 96-101.
[2] Ver MAR1, Juan de. De monetae mutatione, 1605. Citado en HUERTA DE SOTO, Jesús. “Juan de Mar1 and the Spanish Scholastics”.
[3] An Animated Vision of the Emergence of the Classical Gold Standard
[4] Ver ANDERSON, Benjamin M., Jr. The Gold Standard versus A Managed Currency.
[5] Ver GREENSPAN, Alan. Ibíd.
[6] CABRILLO, Francisco. “Harry Dexter White: un comunista en el FMI” en LibertadDigital.com
[7] DEL CASTILLO, José Ignacio. “Nixon, la ventanilla del oro y la crisis de los 70”.
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