Nigeria rozará los 733 millones en 2100 y España se quedaría en 33
Diez mil ochocientos setenta y cinco millones de personas. Esa es la cifra total que arroja el recuento mundial proyectado para 2100 y el gancho de la tabla que lleva días circulando: un ranking de países ordenado por población futura en el que
India (1.447.025.612) y
China (1.064.993.457) repiten en cabeza, pero donde el podio cambia de inquilino. Nigeria, con
732.941.596 habitantes, se cuela tercera. España aparece en el puesto 63 con 33.209.856.
No es una tabla cualquiera. Reordena la jerarquía mundial sobre la base de una única variable —cuánta gente vive en cada país— y deja un mapa donde Europa se desdibuja y África se multiplica. La letra pequeña, como casi siempre, está en quién la firma y con qué datos se ha construido.
La tabla que reordena el mundo: 10.875 millones de habitantes en 2100
El grueso del crecimiento se concentra en el continente africano.
R.D. Congo figura sexto con 362.031.082 habitantes, Indonesia séptimo con 320.782.426 y Etiopía octavo con 294.392.903. Detrás llegan Tanzania (285.651.846), Egipto (224.735.180), Angola (188.283.132), Brasil (180.682.762), Níger (164.947.337) y Bangladés (151.393.018).
El desplome europeo es el otro gran titular.
Alemania se queda en 74.740.596,
Japón en 74.959.378 y
Rusia en 126.142.651, muy lejos de su peso histórico. Italia, en el puesto 58, con 39.992.910. España, en el 63. Si alguien buscaba una foto del siglo que viene, esta es la más incómoda.
¿Por qué España aparece con apenas 33 millones de habitantes?
La explicación que se maneja es la combinación de una fecundidad muy baja con un saldo migratorio que, en este escenario, deja de compensar. En otras palabras:
el reemplazo generacional no llega y la caída se acelera.
Hay quien sostiene que la cifra es directamente inverosímil. Se argumenta que, con el ritmo de entradas actual, el país superará los 100 millones en 2100, y que una parte muy mayoritaria de esa población tendría origen extranjero: ni siquiera un quinto sería autóctono, según ese cálculo. La discrepancia no es menor: entre 33 y 100 millones cabe un país entero.
El escepticismo hacia la tabla es transversal. Se apunta que ochenta años son demasiado para proyectar nada con precisión y que las series demográficas largas suelen corregirse cada pocos años. Quien defiende los números responde que la tendencia ya está escrita en los nacimientos de hoy.
Nigeria, de la nada al tercer puesto mundial
El caso nigeriano es el que más discusión genera. No es un país especialmente extenso ni con suelo cultivable de sobra para multiplicar su población hasta ese nivel, y ahí es donde se rompe el consenso.
Setenta años por delante dan margen para casi cualquier corrección.
En esa línea circula un recorte alternativo: descontar del total unos 250 millones de nigerianos que emigrarían a Europa y otros 100 millones que se perderían en guerras y hambrunas. Es una estimación que no procede de ninguna proyección oficial y que nadie ha validado, pero que resume bien el ambiente: se discute menos el crecimiento que su reparto.
El recelo ante los censos de los países menos desarrollados
Parte de la desconfianza no apunta al futuro, sino al presente. Si los censos de hoy son dudosos, la base de cualquier proyección se tambalea. Se sostiene que en países con administración débil —el caso de Haití se cita expresamente— hay millones de personas sin documentación que acredite su ciudadanía, lo que invalida cualquier recuento fino.
La sospecha se extiende al método: las estadísticas se elaboran a menudo a partir de muestras tomadas en ciudades y en unas pocas zonas rurales, y luego se extrapolan al conjunto. El margen de error resultante, dicen los más críticos, puede ser enorme.
Nadie firma el censo en esos territorios con la misma seguridad con la que se firma un padrón municipal.
Recursos, epidemias y el límite físico del crecimiento
Otra línea de análisis sostiene que el ritmo actual no puede sostenerse: falta de recursos, mala redistribución de los que hay y brotes epidémicos recurrentes son los frenos que la tabla no incorpora. El argumento de fondo es simple: si no se controla el crecimiento demográfico, producir más alimentos sirve de poco.
Aquí entra también la crisis que se sitúa a partir de 2020 como marco de fondo de todo el escenario español, y una derivada que aparece varias veces: el descenso de la población mundial por debajo de las previsiones. Hay incluso quien recurre a las piedras de Georgia y a un supuesto impacto de meteorito en 2027 para situar el techo global en 500 millones. Ciencia ficción, pero forma parte del ruido.
La demografía como campo de batalla identitaria
Y luego está la deriva que conviene separar de los datos. Una parte de la conversación abandona la
demografía y entra en el terreno de la identidad: mensajes que presentan a la población migrante y africana como una amenaza en sí misma, con generalizaciones que la propia tabla no respalda, y teorías conspirativas sobre un supuesto plan de sustitución poblacional que carecen por completo de pruebas.
Ese ruido no cambia una sola cifra de la proyección, pero explica por qué un ejercicio estadístico se convierte en un asunto emocional. Los números aguantan la discusión; los marcos mentales que se les cuelgan, bastante menos.
Con estas cifras sobre la mesa, habría que decidir qué se mira: el crecimiento de Nigeria, la caída europea o la fiabilidad del propio recuento. ¿Y si el dato más frágil de toda la tabla no fuera el de África, sino el de España?