Atahualpa: acusado de idolatría y ejecutado «como cristiano»
Francisco Pizarro acusó formalmente a Atahualpa de idolatría, traición y fratricidio en un juicio sumarísimo celebrado en 1533. La crónica guarda una paradoja incómoda: el conquistador que firmó la sentencia, según se ha sostenido, había cogido cariño al inca y pasaba horas charlando con él. Pese a todo, Atahualpa murió. La pregunta no es si fue cruel, sino por qué necesitó un expediente para matarlo.
En la interpretación de los hechos se enfrentan dos corrientes. Una ve el proceso como una farsa jurídica: la idolatría era la cobertura legal para eliminar a un adversario político incómodo. La otra recuerda que Atahualpa pudo elegir entre morir en la hoguera, como hereje, o ser bautizado y estrangulado a garrote, una muerte que la época consideraba digna para un cristiano. Él eligió lo segundo. La ironía no se pierde: según las creencias incas, el fuego impedía alcanzar la otra vida, así que el garrote fue, en cierto sentido, un respeto a sus convicciones.
El asunto deriva entonces hacia la moralina contemporánea. Juzgar la conquista con la ética del siglo XXI tiene poco recorrido: los incas no eran una sociedad idílica. Sacrificaban niños y los dejaban morir de frío o con golpes en la cabeza, un dato que conviene no olvidar. Esa comparativa de horrores no absuelve a Pizarro, pero desactiva la fácil indignación del presente.
Nos quedamos con el interrogante que la historia no cierra: ¿hasta qué punto la cercanía personal entre Pizarro y Atahualpa pudo alterar el desenlace? El juicio fue una formalidad; la ejecución, una decisión política. Que sigamos debatiéndolo dice más de nuestra necesidad de clasificar el pasado en buenos y malos que de lo que realmente pasó.