Putin acusa a Europa de saquear África y Moscú corteja el uranio
¿Se puede culpar a Europa del expolio de África y, al mismo tiempo, pujar por las mismas materias primas que ese expolio dejó sobre la mesa? La afirmación que se atribuye a Putin —que
«Europa saqueó y esclavizó la mayor parte de África»— ha reabierto la vieja discusión sobre quién extrae hoy el uranio, el oro y el cobalto del continente. Antes de darla por buena, un matiz que conviene no perder: en la traducción que circula la palabra empleada es
«Occidente», no «Europa», y no falta quien sostiene que Putin no pronunció ninguna de las dos. La cita, como casi todo en este terreno, tiene más de mensaje que de transcripción literal.
Las cifras que se usan para sostener la tesis del saqueo
El argumento central es de manual. India aportaba el
23% del PIB mundial en el siglo XVIII y solo el
4% en el siglo XX. La caída no se explica por mala suerte: se explica, dice esta lectura, por una desindustrialización forzada en la que los tejedores locales vieron cortados los dedos para que no pudieran competir con la producción británica. La Conferencia de Berlín de 1885 se cita como el reparto formal del continente entre potencias europeas, el acta notarial de un despojo.
África, en ese esquema, no fue colonizada: fue vaciada. El ejemplo que más se repite es el del oro.
Mali produce unas 50 toneladas al año y, según esta versión, no controla ninguna; Francia acumula
2.436 toneladas en sus reservas. Que las cifras se manejen como titulares sin matices no las invalida, pero tampoco las convierte en contabilidad auditada. Son el material con el que se discute, no una liquidación firmada.
¿Por qué Francia habría parado la mitad de sus centrales nucleares?
Por falta de uranio, sostiene una de las sospechas que recorren el análisis, y no por la parada técnica que alega el país. El razonamiento encadena dos hechos que se dan por ciertos: Francia detuvo la mitad de su parque nuclear y sus proveedores históricos de uranio son
Rusia y África. Si el suministro se tensa, la excusa técnica y la realidad energética pueden dejar de coincidir. Nadie ha demostrado esa causalidad —es, insisto, una sospecha—, pero el dato que la alimenta sí está encima de la mesa: la dependencia europea de un mineral que se extrae, en buena parte, fuera de Europa.
El Sahel gira hacia Moscú
La disputa dejó de ser histórica y pasó a ser geopolítica. El presidente de Mali se alineó con Rusia y acusó a Francia de proteger y entrenar a los yihadistas del Sahel en lugar de combatirlos. En Burkina Faso, tras el golpe de Estado, parte de la población salió a la calle con banderas rusas. Son dos movimientos que Moscú lee como una victoria y que París lee como una retirada. La frase que resume el enfado:
«África empieza en los Pirineos», atribuida al ingenio francés, sigue funcionando como provocación siglos después.
Aquí es donde la cita de Putin deja de ser historia y se convierte en herramienta. Un país que se presenta como descolonizador tiene que ofrecer algo más que discurso, y lo que ofrece es seguridad y compra de recursos sin las condiciones políticas que impone Bruselas. El problema es que ese trato tiene la misma estructura que el antiguo: quien extrae, cobra; quien tiene el mineral, mira.
Rusia tampoco tiene las manos limpias
El contraataque es previsible y contundente. Rusia esclavizó a su propio pueblo, como siervos, desde la época de Iván el Terrible hasta la segunda mitad del siglo XIX, y después mantuvo el sometimiento bajo otras formas hasta 1991. Los pueblos que formaron parte de la URSS, Ucrania incluida, no recuerdan precisamente un trato fraterno. Se añaden episodios como Katyn, la sospecha sobre el avión que se estrelló con medio gobierno polaco a bordo, y el
«oro de Moscú» que la URSS habría estafado a los republicanos españoles.
También se recuerda que Rusia intentó montar su propia colonia en África y fracasó, y que probó suerte en América del Norte. Que su propaganda en español haya machacado la leyenda negra contra España durante años, dicen, no la convierte en desinteresada. La conclusión que se impone: nadie da lecciones gratis sobre cómo esquilmar al vecino.
China espera en la cola
Y detrás está el convidado que casi nadie discute. China lleva años extrayendo recursos en África, viene a decirse, con la diferencia de que no da lecciones morales. Si Europa se retira, los contratos no se quedan huérfanos: se firman en otra moneda. La advertencia se repite: o extrae Europa, o extraen los chinos y te lo venden al doble. La misma lógica que se critica cuando la aplica París se acepta sin pestañear cuando llega desde Pekín.
Al final, el asunto no va de quién quiere más a África, sino de quién llega antes al mineral. Europa tiene la culpa histórica y el problema energético; Rusia tiene el discurso y la ambición. Ninguno de los dos parece dispuesto a renunciar a la parte del pastel que le toque. África, mientras, sigue poniendo el pastel.