Putin no gana la guerra: el relato oficial se agrieta tras tres años
La tesis de que Putin está perdiendo la guerra se sostiene sobre un dato incómodo: tres años después, ni ha tomado Ucrania ni ha doblegado a nadie. El planteamiento que abre el asunto es tajante —Rusia pierde en el frente, en la economía y en el tablero diplomático—, pero el cuerpo del asunto lo matiza: no es lo mismo perder que no ganar. Y ahí empieza el desacuerdo.
El argumento de partida es que los ataques rusos no cesan ni cuando hay negociaciones abiertas, que la presión internacional se intensifica y que las sanciones están ahogando la economía rusa. Sobre esa base se concluye que el régimen afronta una presión interna y externa que podría colapsar si la situación sigue deteriorándose. Hasta ahí, el relato.
¿Por qué se dice que Rusia no ha ganado la guerra de Ucrania?
Porque los objetivos iniciales no se cumplieron. El plan de controlar Ucrania se fue al garete y Rusia tuvo que dilapidar prestigio militar y cientos de miles de personas para controlar cuatro núcleos rurales, según el análisis más repetido. Tiene más kilómetros cuadrados, sí, pero da mucho menos miedo: Ucrania bombardea territorio ruso y llegó a entrar en él, poniendo en entredicho las amenazas nucleares y las supuestas leyes constitucionales que obligan a responder con armamento nuclear ante una invasión.
Esa es la lectura dominante. La contraria no niega el desgaste: sostiene que la propaganda de 2022 ya no cuela. En los medios, Putin seguirá perdiendo la guerra hasta que la gane. Y añaden un dato de sentido común: si estuviera perdida, ¿por qué se plantea ahora un rearme europeo de cientos de miles de millones?
El pulso económico: sanciones frente a autosuficiencia
Aquí el choque es frontal. Un bando afirma que la economía rusa está siendo aplastada bajo el peso de las restricciones, con fuga de capitales y creciente insatisfacción en los círculos de poder. El otro responde con una lista: Rusia es autosuficiente en petróleo, gas, aluminio, oro, plata, platino, cobre, magnesio, carbón, madera, acero, hierro, cereales, ganado, pesca, uranio, energía nuclear e hidroeléctrica, algodón, lana y lino. Con comercio con China, Kazajistán, Corea del Norte, Sudamérica, África, Asia e India, la pregunta que lanzan es cómo la Unión Europea puede hacerle daño con sanciones.
El contraargumento no es que Rusia se muera de hambre, sino que está desesperada por acceder a divisas porque nadie quiere rublos. Las cuentas estarían maquilladas y la deuda rusa, en torno al 20% del PIB, no sería el problema: el problema es que nadie presta. La comparación con la Alemania de la Segunda Guerra Mundial —cuyo PIB creció hasta desplomarse en el 45— planea sobre la discusión.
¿Quién sostiene que Europa es la que está perdiendo el pulso?
Una corriente del análisis invierte el foco: la economía y el comercio pivotan hacia Asia y los BRICS, y Europa es como una vieja marquesa que vive en su lujosa mansión pero no tiene para pagar al servicio y pide que le apunten el caviar en la cuenta. De ahí la pregunta sobre de dónde salen los 800.000 millones del rearme. Otros añaden que si se lleva a cabo, implicaría reformar o derogar leyes, renunciar al gasto social —sanidad, educación, pensiones, infraestructuras— y nacionalizar sectores. Es decir, mandar a tomar viento al modelo económico imperante.
El frente diplomático y la sombra de las armas nucleares
El aislamiento internacional de Putin es otro de los ejes. Las sanciones y la condena global se intensifican mientras Ucrania mantiene el frente con apoyo militar y económico sin precedentes de Estados Unidos, Reino Unido y otras naciones de la OTAN. La moral ucraniana sigue alta, dicen; en Rusia, la desesperanza y el cansancio empiezan a calar entre las tropas y la población.
Frente a eso, la lectura más fría: las armas nucleares son lo que ha impedido una tercera guerra mundial de verdad. La Guerra Fría fue fría por ellas, y ahora Rusia ha descubierto que amenazar con usarlas mientras agrede a un país sin armamento nuclear es rentable. Se escribirán libros sobre cómo ha cambiado el paradigma de la disuasión. La continuidad de Rusia como país nunca ha estado en peligro, pero de acercarse esa posibilidad, cualquier potencia nuclear lanzaría. Eso no lo discute nadie.
El desgaste que nadie niega
Hay un punto de consenso incómodo para los dos bandos: la guerra cansa, es cara y los acuerdos se tornan difíciles. Rusia ha perdido muchísimo prestigio, le han invadido su territorio y le han volado infraestructuras. Ucrania no ha sido arrasada, y hay quien sostiene que es porque Putin no quiere, no porque no pueda. El jefe del grupo Wagner le acusó precisamente de blando por prolongar la guerra cuando, según esa tesis, Rusia tenía potencial para hacer rendir a Ucrania en dos semanas.
Mientras, la pregunta que sobrevuela todo el asunto es la de siempre: si Rusia está perdiendo, ¿por qué hay que rearmarse contra ella? La respuesta oficial es el miedo a que, en su desesperación, intente invadir Europa o lanzar el pepino nuclear. La respuesta escéptica es que a los políticos les importa una mierda la gente y que si mañana tienen que negociar con Putin, lo harán y les sudarán los muertos que haya.
Con estos mimbres, lo prudente es no cerrar el pronóstico. Rusia no ha ganado, eso está fuera de duda. Que pierda es otra cosa, y depende de cuánto aguante su economía, de si Europa sostiene el rearme y de si el frente se mueve o se congela. Apostar hoy por un colapso ruso es tan arriesgado como lo era en 2022. Y los que llevan tres años anunciándolo ya no convencen a nadie.