Putin, ante las cámaras: nervios, papeles y una silla que no encaja
La escena duró lo que dura un apretón de manos con los generales. En una retransmisión en directo, el presidente ruso aparece removiéndose en la silla, recolocándose, moviendo papeles arriba y abajo y con mala cara, según la descripción de un participante en el debate. Quien haya estado en una reunión tensa reconoce el patrón: alguien a quien algo no le está saliendo como había previsto. La lectura más repetida entre quienes siguen el conflicto es que
Vladímir Putin está nervioso, y esa impresión, por vaga que sea, se ha convertido en el hilo conductor de un debate que mezcla análisis militar, economía de guerra y pura psicología de salón.
Qué se ve y qué se interpreta
La descripción de la escena es minuciosa: no para quieto, se pone bien la silla, hojea papeles, gesto torcido. De ahí a la conclusión hay un salto que el material da por bueno sin demasiado pudor.
Algo no le va bien, se concluye, o no acaba de salir como quería. La comparación con otros líderes aparece de inmediato: se recuerda que a Joe Biden, en su pellejo, ya le habrían practicado tres transfusiones y cinco masajes cardiacos, mientras que al ruso se le concede el beneficio de la duda. Es decir, el rasero no es el mismo según a quién se mire.
El frente militar: ni paseo ni desastre
Aquí el tono cambia. Hay quien sostiene que en un día las tropas llegaron a Kiev sin prisas, lo que a su juicio desmiente la idea de un paseo militar fallido. Enfrente, el argumento contrario: eso tenía que haber sido una operación casi sin bajas y, según otro participante, se están contando varios miles de soldados muertos, blindados perdidos y cazas derribados. El cálculo más duro apunta a que controlar un país de
44 millones de habitantes que rechazan al invasor exigiría desplegar de forma permanente a millones de efectivos. Nadie en el material explica cómo se sale de ahí.
El problema de no saber qué se está jugando
Una de las observaciones más lúcidas del conjunto es que nadie sabe exactamente qué busca Putin, cuál es su objetivo ni a qué viene todo esto. Muchos rusos, se dice, estarían igual de asombrados que el resto del mundo, incapaces de racionalizar la operación. Esa opacidad es, en sí misma, un dato: cuando el propio bando no tiene un relato claro, la hipótesis del nerviosismo gana enteros. La guerra se presenta como algo que uno empieza pero que después ya no controla, y donde acabar sin hacer el ridículo es más difícil que empezar.
Armamento, créditos y un campo de pruebas
En el plano material, se menciona el envío de armamento de última generación a crédito, con los sistemas antitanque como ejemplo estrella. La cifra que se maneja:
377 lanzadores según los datos disponibles, un número que, se argumenta, podría multiplicarse por diez en la realidad. Ucrania funcionaría así como campo de experimentación de las armas más sofisticadas sin poner muertos propios, porque los cuerpos ajenos no cuestan votos. La contraparte: la ayuda se alquila mientras conviene, no se regala, y engorda el agujero económico del esfuerzo bélico ruso.
La economía de la ocupación y el día después
El argumento económico es el más sólido del conjunto. Controlar Irak le costó a Estados Unidos billones de dólares en inversiones dilapidadas, y Rusia no tiene ese potencial. Se añade el embargo que se avecina: las guerras van y vienen, pero los embargos se quedan. Aunque la anexión saliera adelante, pasarían años antes de sacarle partido a un territorio cuya población odia al ocupante. La pregunta que sobrevuela: ¿aceptó España a Pepe Botella? ¿Aceptaron los talibanes al gobierno impuesto? El precedente histórico no invita al optimismo.
Las predicciones más agoreras
En el terreno especulativo, hay quien augura que Putin no llega vivo a un año, que ya no bebe agua sin pensar en el veneno o que acabará como otros líderes que se creían intocables y terminaron con un cáncer de hígado por casualidad. También se apunta a la prohibición de participar en certámenes internacionales como golpe donde más duele. Son apuestas, no diagnósticos, y conviene leerlas como lo que son: deseos disfrazados de pronóstico.
Con estos mimbres, la migración de analistas hacia el bando del «le está yendo entre regular y mal» debería ser masiva. Y sin embargo sigue habiendo quien ve en todo esto un plan maestro. Nadie cuadra del todo por qué.