Flakka y sexo en Benetússer: el coste económico de una adicción letal
La muerte de un taxista de 48 años en Benetússer, localidad valenciana, tras una noche de consumo de flakka y sexo con otro hombre no es solo una tragedia personal. Es el resultado de un mercado negro que mueve millones y que, según los análisis que circulan, el sistema tolera con pasmosa normalidad. Los forenses no hallaron signos externos de violencia, pero la versión del acompañante es contradictoria, y la causa apunta a una sobredosis de ALFA-PVP, la droga conocida como 'Flakka', que se está cobrando víctimas en toda la costa mediterránea.
El cóctel mortal: popper y flakka
La combinación de popper –utilizado como relajante muscular en contextos sexuales– y flakka, un potente estimulante del sistema nervioso, resultó letal. Según las informaciones, el hombre llevaba 15 años siendo un quebradero de cabeza para el vecindario, con un trasiego constante de visitas y comportamientos conflictivos. La Guardia Civil investigó inicialmente un posible crimen, pero todo apunta a una sobredosis accidental. La mezcla de sustancias depresoras y estimulantes es un cóctel explosivo que, en este caso, no dejó margen.
El coste económico de la adicción
Más allá del morbo, el caso ha reabierto el análisis económico del consumo de drogas. Un gramo de cocaína o flakka cuesta alrededor de 60 euros en el mercado callejero. Para un adicto funcional, que necesita mantener el ritmo para trabajar, eso supone 1.800 euros al mes, 21.600 euros al año. En una economía donde el salario medio no llega a 30.000 euros brutos, la adicción se convierte en un segundo sueldo que se esfuma en polvo. A eso se suman los fines de semana de desfase, que pueden añadir otros 200 o 300 euros mensuales.
Un patrón geográfico que no es casual
La concentración de este tipo de muertes en la costa de Levante no es fruto del azar. La Comunidad Valenciana, con sus puertos y su economía basada en el turismo y el ocio, es una ruta histórica de entrada de drogas. La oferta es abundante, los precios son competitivos y la normalización social es mayor que en otras regiones. El análisis económico apunta a que la droga es un producto más en la cadena de suministro de una economía estacional: dinero en efectivo, población flotante y un mercado negro boyante.
Pero el problema no es exclusivo de Valencia. En Madrid, Barcelona o las costas andaluzas el consumo es similar. La diferencia es que en Levante la visibilidad es mayor. La adicción a los 48 años tampoco es rara: la generación que empezó a consumir cocaína en los 90 y 2000 ahora tiene esa edad, y muchos no han podido o querido dejarlo.
El discurso de salud pública como cortina de humo
El debate sobre si la orientación sexual tiene algo que ver es ruido. El vector principal es la adicción. Quienes intentan vestir de ciencia el argumento de que ciertas prácticas sexuales son perjudiciales para la salud olvidan que el alcohol y el tabaco –legales y subvencionados– causan más muertos y colapsan el sistema sanitario. La diferencia es que la droga ilegal no paga impuestos ni genera estadísticas oficiales, pero mueve el mismo negocio.
La conclusión es incómoda: mientras el mercado negro de drogas siga siendo más rentable que la prevención, casos como el de Benetússer se repetirán. Quizá no son accidentes, sino la consecuencia lógica de un sistema que convierte la adicción en una mercancía más. Y mientras las arcas públicas no internalicen ese coste, la factura la seguirán pagando los vecinos, los servicios de urgencias y, al final, el propio adicto.