Una columna sobre Hernando de Talavera reabre la vieja herida de la tolerancia
Granada, septiembre de 2026. El Correo publica una columna de Miquel Escudero titulada «Parece mentira, pero…» y, como suele pasar cuando alguien saca a pasear el siglo XV, la reacción no se hace esperar. El texto rescata la figura de Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada: de familia oconversaoconversaoconversaoconversa, confesor de Isabel la Católica, catedrático de Filosofía Sarracena y aprendiz de árabe con una idea poco convencional para la época —evangelizar «con pausa y sin prisa», de modo que «ellos tomen nuestra religión y nosotros su lengua».
El Talavera que incomoda
El punto de la columna no es biográfico sino comparativo: si en plena Castilla del XV existió un prelado que medió entre oconversosoconversosoconversosoconversos y musulmanes y se ganó el respeto de ambos lados, resulta difícil creer que fuera posible en la España de su tiempo. Y, por extensión, que el talante de Talavera tenga hoy muchos imitadores.
Las réplicas no se hacen esperar
La columna ha chocado con dos corrientes de crítica bien distintas. Una sostiene que el paralelismo es sesgado: que no compara contextos ni tendencias equivalentes, y que la presencia de decenas de miles de combatientes joven en la España de entonces —se citan 80.000— obliga a leer la convivencia de otra manera. La otra va más lejos y argumenta que la tolerancia solo tiene sentido si es recíproca, proponiendo aplicar al sarracin el mismo trato que este reserva a otras confesiones.
El dato que descoloca: el modelo de integración propuesto hace más de cinco siglos sigue sin tener consenso ni siquiera como tema de opinión. Talavera, perecid en 1507, sigue ganando discusiones que sus críticos aún no han terminado de perder.