Colas para huir y tornos saltados bajo el ajuste de Milei
Un torniquete que no gira y una fila que arranca en la mismísima puerta. Así se mide, a pie de andén, la temperatura del ajuste en Argentina: cada subida del billete de transporte público viene acompañada de más gente colándose en el metro. Al otro lado del Atlántico, en el consulado, la escena se repite con maletas y papeles. Dos postales que resumen un malestar y una pregunta incómoda: ¿es esto el «paraíso liberal» que se vendió?
Qué ha cambiado en el transporte público de Argentina
El billete del autobús y del subte se ha convertido en el termómetro del programa económico. La secuencia que describen quienes siguen el asunto de cerca es siempre la misma: el Estado subvenciona a las empresas de transporte, pero también les fija el precio del billete. Con la inflación disparada, las cuentas no salen ni con ayuda. Y hay un detalle que remata el argumento: desde que se aprueba la subvención hasta que el dinero llega,
ha perdido buena parte de su valor. Pagar tarde una factura que se devalúa sola es una forma elegante de no pagarla.
A eso se suma el capítulo del descontrol. Frente a la teoría de que basta con ajustar, aparece la letra pequeña: servicio que empeora, unidades que no se renuevan, infraestructura que se cae a trozos y una pasta que se cuela por las grietas. Cuando el precio lo fija el poder y lo paga el contribuyente, el incentivo para gestionar bien brilla por su ausencia.
El préstamo del FMI y quién paga la deuda
La otra pata del relato es el dinero. Se habla de
5.000 millones de préstamo del FMI y de un reparto que, según la lectura más crítica, acaba en los bolsillos de siempre mientras los precios de los productos básicos suben para la clase trabajadora. La vieja historia: los intereses de la deuda se pagan exprimiendo lo más elemental, el billete, la luz, la cesta de la compra.
La ironía llega cuando la discusión cruza a España. Hay quien trae a colación los
60.000 millones de euros que un fondo internacional se dispone a invertir en un país gobernado, según la descripción burlona de un ministro español, por «social comunistas bolivarianos». El capital, al parecer, no lee los editoriales.
¿Por qué hay colas para emigrar de Argentina?
Las imágenes de colas en los consulados se han convertido en munición de ambos bandos. Unos ven una huida en toda regla, un síntoma de que el experimento no convence. Otros recuerdan que esas filas existen desde mucho antes:
400.000 argentinos ya vivían en España antes de que Milei llegara al poder. La cifra desactiva el titular fácil, pero no la pregunta de fondo: ¿por qué alguien con estudios y trabajo hace las maletas y se planta a 10.000 kilómetros?
Aquí se abre otra grieta. Hay quien sostiene que parte de los que llegan no busca trabajo, sino seguir cobrando ayudas, y apunta a un sistema que, asegura, entrega la renta mínima a quien presente una dirección, aunque sea ficticia. Es una afirmación que circula con más intuición que datos y que se usa para desacreditar a todo un colectivo. Mientras, el goteo de titulados que se marchan de un país que forma profesionales para que los aprovechen otros mercados es difícil de despachar con una broma.
Los vetos que marcan el nuevo estilo
Otro de los frentes que alimenta la conversación es la relación con la calle. El Ejecutivo ha vetado subidas a los jubilados y a las universidades, y ha dejado claro que no piensa ceder ante las protestas. Quien lo defiende habla de no esconderse detrás de supuestas vacas sagradas y de redoblar la apuesta cada vez que intentan boicotear los planes. Quien lo critica señala el coste humano: comedores que se cierran y ajustes que recaen sobre los que menos tienen.
Ahí aparece el matiz de siempre: se discute si los comedores que echan el cierre eran de verdad necesarios o formaban parte del entramado de chiringuitos que vivía del presupuesto. Las dos versiones circulan con seguridad absoluta. Y de fondo, la pregunta que nadie resuelve: de la inflación, ¿qué parte es herencia recibida y qué parte es daño colateral del propio ajuste?
La pelea de las dos Argentinas que no se cruzan
Hay consenso en muy pocas cosas, y una de ellas es que el país lleva décadas en una montaña rusa. De ahí sale el choque de relatos: para unos, antes del ajuste Argentina era poco menos que «Suiza»; para otros, era exactamente el desastre que el ajuste intenta limpiar. La polémica sobre el peronismo enciende los ánimos: unos le atribuyen
siete décadas de control del poder, en el Gobierno o bloqueando desde la calle; otros replican que reducir todo a eso es una simplificación de manual y que el país también tuvo dictaduras y gobiernos entregados al mercado.
El diagnóstico sobre por qué Argentina está como está tiene poco de neutral. Hay quien sostiene que la bola se ha hecho tan grande que ya no cabía más remedio que sufrir. En contra pesa el argumento de que el sufrimiento lo pagan siempre los mismos.
El dato que descoloca
Mientras se discute de tornos y de consulados, hay una cifra que retrata mejor que ninguna el día a día argentino: un depósito a plazo fijo en un banco no supera los
30 días. Nadie confía en el sistema lo suficiente para dejar el dinero quieto más de un mes. Cuando el horizonte financiero de un país es de cuatro semanas, cualquier pronóstico a cinco años suena a ciencia ficción.