Abascal en el Congreso: el ridículo que no cesa y la crisis de Ceuta de fondo
La comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso por la entrada masiva de migrantes en Ceuta ha vuelto a poner de manifiesto el estado de la oposición. Santiago Abascal, líder de Vox, se ha erigido en el azote del presidente, pero su estrategia de confrontación directa empieza a generar dudas incluso entre los suyos. El espectáculo, esta vez, ha tenido un coste: la sensación de que la política española se ha convertido en un circo donde el análisis brilla por su ausencia.
La comparecencia y las acusaciones de inacción
Sánchez defendió que el Estado respondió con todos los medios a su alcance ante la entrada de migrantes el 30 y 31 de julio. Sin embargo, las críticas no se hicieron esperar. El sindicato policial JUPOL desmintió radicalmente esa versión, señalando que los agentes desplegados en la frontera eran absolutamente insuficientes y que no «tuvieron que elegir» como afirmó el presidente. La oposición, por su parte, recordó que no se llamó a consultas a la embajadora de Jovenlandia, ni se envió al Ejército, ni se tomaron medidas contra el país vecino. La sensación de que el relato oficial no cuadra con los hechos es cada vez más fuerte.
Abascal: entre el ridículo y la estrategia
La intervención de Abascal fue, como siempre, contundente. Llegó a preguntar a Sánchez si no le daba vergüenza seguir en el escaño y le auguró pasar a la historia como «el presidente más corrupto y más ridículo de la historia de España». Esa frase, difundida por medios afines, ha sido celebrada por unos y criticada por otros. Hay quien sostiene que Abascal ha encontrado el filón de la confrontación, pero también hay quien le acusa de hacer el ridículo: según algunas voces, su presencia en el Congreso se limita a una hora de trabajo diaria, para luego irse al bar. La pregunta es si esa estrategia de desgaste funciona o si, por el contrario, alimenta el relato de una oposición incapaz de ofrecer alternativas.
La crisis de Ceuta como telón de fondo
Más allá del duelo dialéctico, la crisis de Ceuta es un pulso geopolítico. Jovenlandia ha demostrado que el control de los flujos migratorios es una poderosa palanca de presión. Algunos análisis apuntan a que la política migratoria del Gobierno responde a una agenda más amplia de redistribución de población y riqueza, en la que España jugaría un papel de puerta de entrada. En este contexto, la comparecencia de Sánchez no ha hecho sino evidenciar la fragilidad de la posición española ante un vecino que juega con ventaja.
Si la oposición sigue en esta línea, el Gobierno puede aguantar la crisis, pero el desgaste mutuo no augura nada bueno para la calidad democrática. La política española necesita análisis, no teatro. Y de momento, el teatro es lo único que se ve.