El turismo de observación étnica llega a Marbella
Un helado en el centro de Marbella. Una mesa cercana. Tres mujeres con velo, «guapas y con mucha clase», que no encajan en ningún estereotipo previo. El observador hace cábalas: no parecen magrebíes, la madre podría pasar por rusa, quizá sean tayikas. Al marcharse se acerca y pregunta en inglés. La respuesta:
afganas. «Ni de coña me las imaginaba así», admite. Y remata con una frase que resume el espíritu del asunto: «Nuevo coto de caza para los españoles».
El episodio, que arranca un hilo de
127 respuestas y
398 días de vida, no va de Afganistán. Va de lo que pasa cuando un hombre de clase media española se topa con una realidad que su categoría mental no contemplaba. La sorpresa no es geopolítica. Es de manual de instrucciones.
Qué se sabe de las mujeres afganas que llegan a España
Afganistán es un Estado multiétnico donde conviven pastunes, tayikos, hazaras y uzbekos, entre otros. La sangre persa (aria) es abundante y algunos fenotipos resultan indistinguibles de los del sur de Europa: piel clara, ojos claros, facciones que aquí leeríamos como caucásicas. La mayoría habla dari, dialecto del farsi. Esa mezcla explica que una mujer afgana pueda pasar por tayika, por rusa o por lo que convenga a la imaginación del observador.
El propio hilo recoge el dato: hay quien ha tratado por trabajo con gente de la zona y describe un «revuelto de razas» donde la mayoría de los cruces dan resultados poco agraciados, pero donde la excepción es deslumbrante. La conclusión implícita es incómoda: la belleza exótica que se celebra en las revistas de viajes no es representativa de nada. Es una lotería genética.
El salto del asombro al cálculo matrimonial
En pocas horas, la conversación muta. De la curiosidad etnográfica se pasa al análisis de costes. Se especula con la posibilidad de casarse con tres mujeres a la vez si uno tiene pasta. Se calcula cuántas cabras costaría la del vestido verde. Se fantasea con traer a tres para «gostar, preñar, cocinar» y tener la casa como los chorros del oro. El tono es de broma, pero la broma tiene estructura de hoja de cálculo.
Hay quien sostiene que para tener a una mujer así —humilde, campesina, servicial— hace falta ejercer un rol de hombre claro: severidad, instrucciones precisas, algún gesto de autoridad. «A la mínima que vayas de bueno se te pasan por el forro», se argumenta. La tesis no es nueva. Es la vieja cantinela del macho proveedor, reciclada con vocabulario de foro. Y convive, sin sonrojo, con la constatación de que esas mujeres hablan inglés mejor que muchos españoles con C1.
El choque con la segunda generación
La parte más lúcida del intercambio llega cuando alguien introduce la variable temporal. El coto de caza dura, como mucho, hasta la segunda generación. Los hijos de esas mujeres se españolizan, se endiosan con las redes sociales y adoptan el pagafantismo ambiente. La fantasía del harén servicial se disuelve en dos décadas de convivencia real.
Es el mismo patrón que se ha visto con otras migraciones. La primera generación llega con hambre y disciplina. La segunda ya no tiene hambre y reclama lo que reclaman sus vecinos. No hay excepción cultural que resista el contacto con el Estado del bienestar y el teléfono móvil. Quien espere otra cosa, que revise su árbol genealógico.
La trampa de la belleza importada
El hilo tiene un momento de lucidez cuando alguien señala que las mujeres guapas que se ven en los documentales sobre Marruecos, Afganistán o Tayikistán son, en realidad, otra ficción. El cruce durante generaciones entre señores pudientes y mujeres hermosas produce cohortes donde la belleza coincide con el dinero. Lo que se fotografía no es el país. Es la élite del país.
Eso no impide que el personal siga tragándose el documental entero. El agua cristalina, la masa de pan, el ruido hipnótico, los paisajes hermosos, las voces cantarinas. La fotografía prístina. Las espigas llenas de encanto. Y las mujeres bellísimas. Falta el olor a campo y a pan recién hecho, pero para eso ya está la imaginación.
Qué pasa cuando el coto se abre de verdad
La conversación deriva hacia el terreno práctico. ¿Cuánto cuesta? ¿Cómo se accede? ¿Qué garantías hay? Alguien apunta que en esos países hay pocas mujeres que respondan al ideal y muchas que no. Otro recuerda que las tayikas parecen asiáticas y que las uzbekas resultan más atractivas. Un tercero menciona que en una tienda de Taskent le atendió una mujer que, de no estar de tránsito, habría dado para más.
El problema es que el coto no es un catálogo. Es un país destrozado por cuarenta años de guerra. La gente que llega de allí no viene a cumplir fantasías. Viene a sobrevivir. Y cuando sobrevive, cuando se instala, cuando sus hijas van al instituto, deja de ser exótica y empieza a ser vecina. Entonces el observador de Marbella ya no pregunta de dónde son. Pregunta otra cosa.
El hilo se abre con un helado y una pregunta en inglés. Se cierra, 398 días después, con la constatación de que la segunda generación lo rompe todo. Entre medias, 127 respuestas que van del cálculo de cabras a la sociología de barra de bar. El dato que descoloca no es que las afganas puedan parecer rusas. Es que alguien haya necesitado 127 mensajes para darse cuenta de que el coto siempre fue una ilusión.