Viajar para la foto: el destino cuenta menos que la imagen
Los viajes ya no se cuentan por lo que se vio, sino por lo que se enseñó. La experiencia ha quedado subordinada a su prueba gráfica, y quien lo niegue que revise cuántas fotos vuelven de unas vacaciones en las que nadie supo explicar qué había detrás del monumento de turno. La pregunta no es por qué la gente viaja —siempre lo ha hecho— sino por qué una parte del
turismo lo organiza con el móvil como objetivo principal.
El debate deja varias explicaciones que compiten entre sí: el
consumo conspicuo, la presión de las redes sociales, una insatisfacción permanente que busca novedad y un marketing que convirtió el viaje en el producto perfecto. Ninguna basta por separado. Eso sí, el relato de que la culpa es de un solo sexo se cae en cuanto se mira el conjunto.
¿Por qué se viaja sin recordar el destino?
Porque el objetivo no es el lugar, sino la constancia de haber estado en él. El caso que mejor lo ilustra no necesita estadística: una excursión privada a unas cuevas griegas —lancha con patrón incluido, acceso restringido, desembolso nada barato— terminó reducida a las zonas con luz suficiente para hacerse fotos en el agua. Las cuevas, como tales, aburrieron. Y quien paga ese dinero no lo hace por la geología.
El patrón se repite en cualquier monumento. Quien haya pisado la
Fontana di Trevi lo sabe: hay más gente peleando por el ángulo que mirando la fuente. Lo mismo en un museo, una catedral o un parque nacional. Cuando el viaje se ordena alrededor de la imagen, el contenido del sitio —historia, gastronomía, gentes— pasa a ser decorado.
El coste real de un viaje hecho para la foto
Hay comparaciones que escuecen por lo simple:
15€ cuesta la trilogía de Trajano de Santiago Posteguillo en formato digital, mientras que un participante cifra en unos
2.000€ ir al otro lado del mundo a hacerse fotos. La cuenta no es exacta, pero apunta a algo que casi nadie contabiliza: el coste de oportunidad de un viaje que solo sirve para el escaparate.
También hay relatos al límite. Uno de los más detallados describe una ruta por la Costa Oeste estadounidense en
siete u ocho días: madrugones, horas de coche y fotos sonrientes en cada parque nacional. Al volver, el viajero admitió que había sido un infierno logístico. La imagen quedó; el descanso, no.
Y el argumento del dinero no cierra el asunto. Hay quien dice gastarse
más de 20.000€ en una afición y
5.000€ en otra sin moverse de su provincia, y sostiene que la frontera no es la cartera sino qué se elige cuando nadie te lo ha vendido. Es una tesis, no un dato, pero explica por qué el gasto en viajes se discute en términos de validación social y no de placer.
¿Es la obsesión por viajar cosa solo de mujeres?
No hay consenso, y quien afirme lo contrario se está inventando la estadística. Una corriente defiende que responde a un patrón de género —competir por destinos frente a competir por otras cosas— y otra lo rechaza de plano: la publicidad no distingue y convierte a cualquiera en comprador de experiencias. No hay datos en el debate que permitan zanjar cuál pesa más.
Lo verificable es más modesto. El turismo de masas tiene hoy dos rasgos difíciles de negar: se fotografía y se comparte. Como recuerda un participante al hablar de su madre, ya en los años previos a Instagram había turistas que se hacían la foto frente a la catedral y se marchaban sin haber entrado. La novedad no es el comportamiento, es la escala y la velocidad a la que se comparte.
El viaje como producto: por qué encaja tan bien con el consumo
Porque se vende como experiencia irrepetible y se consume como cualquier otro objeto. La publicidad encontró en el destino un artículo que no se gasta, no se estropea y se puede repetir cada temporada con una etiqueta nueva. Es el producto perfecto para una economía basada en mostrar.
De ahí que la crítica no vaya contra quien viaja, sino contra el uso del viaje como medida de estatus. Lo resume una idea que circula en estos debates: si se ofrecieran doce meses de viajes por todo el mundo con la condición de no publicar ni una foto, casi nadie aceptaría la oferta. Es una boutade, pero señala dónde está el incentivo.
El turismo que se diseña para el encuadre
Cada vez más destinos se piensan como decorados: miradores con cola, puntos fotográficos señalizados, rutas que se completan contando paradas. La consecuencia no es solo estética. Cuando el valor de un lugar se mide por su rendimiento en pantalla, el patrimonio se convierte en atrezzo y la visita en trámite.
Con las redes como escaparate y el turismo concentrado en los mismos puntos, lo previsible es que la próxima generación de destinos se diseñe directamente para la foto. No es un pronóstico firme —el turismo cambia de moda rápido— pero sí la dirección en la que apuntan los relatos del debate. El día en que viajar deje de dar likes, se verá quién viajaba de verdad.